OPINIÓN

De avaricia y avarientos

miércoles, 27 de junio del 2012

¡Qué tontos somos los hombres en estas cuestiones!

Theodor Reik era psiquiatra. Estaba por lo tanto un poco loco. No tanto, sin embargo, como para no haber llegado a una conclusión con la cual coronó toda su vida de sicoanalista: es imposible entender a las mujeres. (También es imposible entender a los hombres, estoy de acuerdo, pero entender a las mujeres es más imposible todavía).

Reik opinaba, contra la idea establecida, que quienes verdaderamente son sentimentales y románticos son los hombres, no las mujeres. Éstas tienen un sentido práctico que las lleva a manejar la realidad, a tener control sobre ella. Mientras, los hombres andan cazando mariposas mentales. Gustaba el psicólogo vienés de repetir la frase que una vez escuchó en labios de una anciana muy conocedora de la vida:

—Mientras un joven trata de decidirse a declararle su amor a una muchacha ella ya está pensando en el color del tapiz que pondrá en las paredes de la casa donde vivirán.

El mismo Reik experimentó esa verdad. Tenía años adorando en silencio a una linda joven cuya casa estaba cerca de la suya. Jamás se atrevió a hablarle de sus sentimientos: ella era rica y él pobre; ella era refinada y él zafio; ella era hermosa y él poco agraciado. Además la chica ni siquiera lo miraba, y menos aún lo saludaba al pasar junto a él. Se mantenía indiferente, lejana como un ángel o una diosa.

Un día, sin embargo, al regreso de una gira campestre en la que coincidieron ambos, se encontraron los dos juntos y solos en una vereda entre el bosque. Caminaron uno al lado del otro por un rato. De pronto, sin poder contenerse él la tomó entre sus brazos y la besó apasionadamente. Pensó que la muchacha iba a gritar, a rechazarlo con violencia, a llorar por la ofensa recibida. Nada de eso. Le dijo en voz baja, pero firme:

—Había aguardado esto tantos años.

“Me quedé atónito —confiesa Reik—. Jamás imaginé que ella esperaba que yo le mostrara mi amor. ¡Qué tontos somos los hombres en estas cuestiones! Tenía razón una encantadora dama parisina que decía hablando de una amiga poco inteligente: ‘Stupide comme un homme’. Es estúpida como un hombre.

Hago esta referencia a Reik porque un joven amigo me hizo una consulta a la que no supe cómo contestar. Me sentí mal, pues el muchacho me atribuye una ciencia de la vida que estoy muy lejos de poseer. Soy, en efecto, stupide comme un homme.

Sucede que este amigo mío es dueño de un video club en una ciudad pequeña cuyo nombre no diré, por discreción. Con frecuencia le piden películas porno para llevar a casa. ¿Quiénes solicitan disimuladamente esas películas? Dirán ustedes: hombres solitarios que desfogan sus eróticos instintos mirando esos tremendos videos llenos de insólitas acrobacias e inéditas maromas. Error. Las películas marcadas con XXX son demandadas por señoras de buena condición social, muy educadas y correctas.

—¿Cómo explica usted eso, licenciado? -preguntó mi desconcertado amigo.

—No sé —reconocí en forma paladina—. La única explicación que se me ocurre es que las señoras llevan esas películas con la esperanza de que sirvan de motor de arranque a sus maridos.

Lo dicho: es imposible entender a las mujeres. Lo que sí podemos decir es que son dueñas de ese sentido práctico que lleva a manejar la realidad, a tener dominio sobre ella.