OPINIÓN
Cuando mentir se hace costumbre
domingo, 06 de septiembre del 2009
El mentiroso es un individuo que experimenta un desajuste de personalidad y un desorden de carácter que lo motiva a sentirse inseguro de sí mismo
“-Llamé a tu celular pero no contestaste…”
“-Mañana te envío la información…”
“-Sin falta, mañana te pago…”
“-Te quiero muchísimo, y siempre te seré fiel hasta con el pensamiento…”
“-Señor, si me ayudas en esto te prometo que seré honesto para siempre…”
“¡Acabaré con la corrupción y la impunidad!”. ¿(Cuántas veces hemos escuchado esto?)
Mentiras más, mentiras menos, que se dicen sin la mínima intención de que sean verdades. Desgraciadamente, la costumbre de mentir se hace hábito en la mayoría nosotros. Hasta el momento no he conocido a nadie que nunca haya dicho o solapado una mentira. Ya sea en forma ocasional o por costumbre. Desde la niñez, la ocasión de mentir se nos presenta de muchas maneras. Los niños mienten cuando inventan algo, o se imaginan mil cosas, con el único fin de llamar la atención o que sean atendidos. Los jóvenes para conseguir lo que quieren, los adultos por conveniencia. En fin, ocasiones para mentir nos asaltan a cada momento.
Este hábito debería de ir desapareciendo conforme vamos creciendo, pero por el contrario, en muchos adultos se estimula de tal manera, que se convierten en mentirosos crónicos, que llegan hasta creer en sus propias mentiras.
El mentiroso es un individuo que experimenta un desajuste de personalidad y un desorden de carácter que lo motiva a sentirse inseguro de sí mismo y a refugiarse detrás de las apariencias.
El primer paso para cambiar es reconocer. Por lo tanto, quiero compartir contigo una clasificación de mentirosos con el fin de que realices un examen de conciencia.
Mentiras parciales: O verdades a medias. Cuando se oculta parcialmente la realidad con el fin de llegar a un objetivo.
Mentiras simuladoras: Por ejemplo: Atropello a una persona y huyo del lugar sin ser identificado. Al rato regreso y me mezclo con los curiosos fingiendo indignación por lo ocurrido. Estoy “mintiendo” gravemente a todos aquellos ante quienes simulo o finjo inocencia.
Mentiras Piadosas: Son aquéllas que decimos para tratar de hacer más digerible una verdad tratando de causar el menor daño posible. Son mentiras aderezadas con un toque de benevolencia. Suelen ser utilizadas simplemente para evitar fricciones innecesarias que pueden ser desagradables para alguien. Aunque “Vale más una verdad sutil que una mentira piadosa”.
Mentiras por puro placer: Son las mentiras propias de quienes viven en una fantasía y quieren evadir la realidad mintiendo y mintiéndose a sí mismos. Gozan mintiendo. Pueden llegar a convertirse en mitómanos que no pueden controlar el impulso desmedido de mentir con tal de construirse una mejor imagen frente a la sociedad o para conseguir lo que desean. Santo Tomás de Aquino, distingue tres tipos de mentiras: La útil, la humorística y la maliciosa. Y a los tres tipos los clasifica como pecados.
A propósito del tema quiero compartir contigo la fábula china de “El príncipe y la semilla”:
Se cuenta que allá por el año 250 A.C., en la China antigua, un príncipe de la región norte del país estaba por ser coronado emperador, pero para serlo, de acuerdo con la ley, debía casarse. Sabiendo esto, decidió hacer una competencia entre las muchachas de la corte para ver quién sería digna de ser su esposa.
Al día siguiente, el príncipe anunció que recibiría en una celebración especial a todas las pretendientes, y lanzaría un desafío. Una anciana que servía en el palacio hacía muchos años, escuchó los comentarios sobre los preparativos del evento. Sintió una leve tristeza porque sabía que su joven hija tenía un sentimiento profundo de amor por el príncipe.
Al llegar a su casa y contar los hechos a la joven, se asombró al saber que ella quería ir a la celebración. Sin poder creerlo le preguntó: “-¿Hija mía, qué vas a hacer allá? Todas las muchachas más bellas y ricas de la corte estarán allí. Sácate esa idea insensata de la cabeza”.
Y la hija respondió: “-Yo sé que jamás seré escogida, pero es mi oportunidad para estar por lo menos por algunos momentos cerca del príncipe. Eso me hará feliz”.
En la noche señalada, la joven llegó al palacio. Allí estaban todas las muchachas más bellas, con las más finas ropas, con las más preciosas joyas y sus bien determinadas intenciones.
Al final del evento, el príncipe anunció el desafío:
“-Daré a cada una de ustedes una semilla. Deberán cultivarla con amor y hacerla crecer. Aquella que me traiga la flor más bella dentro de seis meses, será escogida por mí para ser mi esposa y futura emperatriz de China”.
La dulce joven, que no tenía mucha habilidad en las artes de la jardinería, sembró con mucha paciencia y ternura su semilla, pues sabía que si germinaba, y la belleza de la flor surgía como su amor, no tendría de que preocuparse por el resultado.
Pasaron los seis meses y vio que nada había brotado. Consciente de su esfuerzo y dedicación, la muchacha le comunicó a su madre que sin importar las circunstancias, ella regresaría al palacio en la fecha y hora acordadas, sólo para volver a estar cerca del príncipe por unos momentos.
Ese día, a la hora señalada estaba ella allí, con su vaso vacío. Todas las otras pretendientes tenían una flor, cada una más bella que la otra; flores de las más variadas formas y colores. Ella estaba admirada. Nunca había visto una escena tan bella.
Finalmente, llegó el momento esperado. El príncipe observó a cada una de las pretendientes con mucho cuidado y atención. Después de pasar ante todas y cada una, anunció su resultado: “-Aquella bella joven, la del vaso vacío, será mi futura esposa”.
Todos los presentes tuvieron las más inesperadas reacciones. Nadie entendía por qué, el príncipe había escogido justamente a aquella que no había cultivado nada; que no llevaba flor alguna.
Entonces, con toda calma el príncipe explicó: “-Esta joven fue la única que cultivó la flor que la hizo digna de convertirse en emperatriz: la flor de la honestidad.
¡Todas las semillas que entregué eran estériles!”.
El castigo de mentir siempre, con un propósito determinado, y hasta sin necesidad de hacerlo, sino simplemente por costumbre, es que el mentiroso pierde credibilidad y pone en juego su honestidad. Decía Cicerón que “-Al embustero no se le da crédito, ni siquiera cuando dice la verdad”.
¡Ánimo! Hasta la próxima.