OPINIÓN

Bufonesca

domingo, 03 de junio del 2012

No deberías haberte hecho viejo
antes de volverte sensato.
El Bufón, en: El Rey Lear (I, V).
William Shakespeare
 
No termina el estupor ante Shakespeare. Nada nuevo es esto, ya se sabe. Mi asombro es pueril y analfabeto, lo sé también. Pero el doble lugar común parece irresistible.

De las innumerables cosas que me sorprenden desde hace muchos años en las obras de Shakespeare —su estremecedora penetración psicológica, su retórica, su ingeniería dramática, su destreza sofística, su poesía...— es la figura del bufón. Lo veo ahora en “El Rey Lear”: ¿qué clase de persona es un hombre, usualmente contrahecho, que dice a la autoridad máxima ciertas verdades, imposibles en boca de cualquier otro cortesano?

Los cuentos para niños, la leyenda y la costumbre han domesticado esta extraña figura. Wilde, por ejemplo, lo convirtió en protagonista de un relato melodramático. ¿Pero cómo era, qué funciones específicas desempeñaba en su época, presumiblemente la Edad Media y el Renacimiento? ¿Cómo era seleccionado, por qué gozaba de ciertas prerrogativas junto al monarca?

Algo del bufón hay en muchos personajes de la Comedia del Arte y mucho de él en el estereotipo del “gracioso” que encontramos hasta en las películas mexicanas de la llamada “época de oro”. ¿Existió un equivalente en la Antigüedad? ¿En la Grecia de Platón pudo decirse algo parecido a: “anoche fuiste el bufoncito de la fiesta”?

Es sabido que cuando el bufón se excedía en sus chanzas, el rey podía mandarlo azotar... Tal vez esto tenga qué ver con toda esa mitología del clown que llora debajo del carnaval de su vestuario y de su maquillaje. O acaso tenga nexos con el más hondo sentido de la condición humana: todos, alguna vez, hemos debido continuar con la función a pesar del dolor. Las paredes de muchos hogares mexicanos exhiben clowns abatidos cuyas lágrimas desmienten su risa pintada: ¿el bufón-hombre azotado por el destino? Respetemos la melaza doméstica de esa costumbre icónica —“Ridi, pagliaccio...”—, pues tal hábito es muy caro a México, país de un sentimentalismo seminal.

En “Hamlet” (V, II), el Príncipe de Dinamarca dice a su amigo, mientras un sepulturero escucha: “¡Ay! ¡Pobre Yorick! Yo le conocí, Horacio..., era un hombre sumamente gracioso de la más fecunda imaginación. Me acuerdo que siendo yo niño me llevó mil veces sobre sus hombros... y ahora su vista me llena de horror; y oprimido el pecho palpita... Aquí estuvieron aquellos labios donde yo di besos sin número. ¿Qué se hicieron tus burlas, tus brincos, tus cantares y aquellos chistes repentinos que de ordinario animaban la mesa con alegre estrépito? Ahora, falto ya enteramente de músculos, ni aún puedes reírte de tu propia deformidad...” (http://portal.bibliotecasvirtuales.com/).

En esa escena celebérrima, Hamlet se refiere al bufón de la corte cuyo cráneo sostiene en sus manos. No tan famosa es en nuestro país la figura del bufón de “Lear”, que ni siquiera tiene nombre.Él dice al anciano rey frases que parecen saetas vitriólicas. Cuando el monarca le pregunta displicentemente: “¿Me llamas tonto, muchacho?”, el bufón responde: “Todos tus otros títulos ya los entregaste; éste lo tienes de nacimiento.”

¿Quién se atrevería a hablar así a un poderoso, tan directo y a la cara? Sospecho que una de las funciones del bufón histórico era, sí, la de divertir, pero habría algo más. Quizá también desempeñaba un rol simbólico: el bufón sería una suerte de “otro yo” del rey, ese único “yo” que debe permitirse la osadía de hablar con absoluta claridad y hasta con sorna, como cuando nos decimos: “ajá, sólo un tonto como tú pudo dejar pasar esta oportunidad; anda, sigue haciéndolo, al fin que tienes tooodo el tiempo del mundo”.

El rey Lear repartió su reino entre dos hijas aduladoras —Regan y Goneril—, dejando a la deriva a Cordelia, su hija tercera y última, debido a la sinceridad con la que ésta le expresó su amor. Las aduladoras vendrán a revelarse como unas verdaderas arpías; Cordelia, como su salvación, luego de que el monarca resultara víctima de grandes calamidades. He aquí uno de los parlamentos que el bufón dirige su señor:

“Me maravillo del parentesco que tienes con tus hijas. Ellas me mandan azotar cuando digo la verdad; tú me mandas azotar si digo mentiras; y otras veces me azotan porque guardo silencio. Preferiría ser cualquier cosa antes que bufón; y sin embargo no me gustaría ser tú, tío. Tú has recortado tu buen juicio por los dos lados y no has dejado nada en medio...”

Sin duda hay muchas formas de reír. Estas palabras, dichas en su contexto, provocan una risa de hielo. Tienen algo de fatal y parecen convocar la arbitrariedad del destino: si “el juicio” o el “libre arbitrio” me dicta esto, acaso asista al derrumbe de mis esperanzas; si esto otro, también... ¿Qué elegir, pues?” Como telón de fondo, o en el subsuelo de la vida, la risa histérica pero inaudible de una máscara. ¿Imagen gastada? Sí, como la existencia misma.

Las citas de “El Rey Lear” han sido extraídas de la edición de la UNAM —Nuestros Clásicos—, publicada en 1994 con traducción y notas de Ma. Enriqueta González Padilla, responsable del Proyecto Shakespeare del Posgrado en Literatura Comparada de la Facultad de Filosofía y Letras de dicha Universidad. El espléndido Prólogo que acompaña a esta traducción es de Luz Aurora Pimentel. La colección Nuestros Clásicos Nueva Época fue dirigida por Augusto Monterroso. Ejemplares de este libro pueden encontrarse en las bibliotecas públicas de nuestra ciudad.