OPINIÓN

¿Amor y pedagogía?

domingo, 08 de julio del 2012

“Para ejercer la docencia hay que estar enamorado”, dijo Armando Fuentes Aguirre, Catón, en la ceremonia de entrega de galardones del premio que lleva su nombre y que la Universidad Autónoma de Coahuila entrega cada año a quienes ejercen el periodismo cultural en el Estado. Esto, la mañana del martes 12 de junio de 2012.

Con el gracejo, la cultura y la oratoria que lo caracterizan, Don Armando habló de muchas otras cosas: la contemporaneidad amenazada, la imposible muerte del libro, el desafío del trabajo periodístico, su larga y concluida tarea como profesor universitario y hasta de una madre superiora —una monja— que no era una virgen...

Malabarista del lenguaje oral, Don Armando improvisó un breve discurso, hilarante y sustancioso, para deleite de sus escuchas. Cuando hablo de “improvisación” no me refiero a la simple improvisación, y menos si se trata de Armando Fuentes Aguirre, quien teje en el aire tapices de palabras que cobran vida instantánea frente a su encantado auditorio. Él no improvisa, simplemente diserta.

El pueblo suele decir de una persona culta: “Habla como un libro”. ¿Qué libro sería Don Armando? ¿El “Quijote”, de Cervantes, o “Cartas a Lucilio”, de Séneca? ¿El “Elogio de la Locura”, de Erasmo, o “Sobre la Amistad”, de Cicerón? No. Es decir, sí, pero, con el cimiento de todos ellos, Catón el Nuestro habla como el gran libro que es México, en el que se mezclan el chascarrillo callejero, la hondura de Sor Juana, la ladinez precolombina y el urbano albur de nuestra época, la disimulada sorna de Don Artemio de Valle Arizpe, la altura intelectual de Alfonso Reyes, la dicción de la poesía decimonónica y la ironía de un maquiavelino politólogo actual. Lo mismo da si ese libro es electrónico.

Sincrético hasta la raíz, Don Armando es la inaudita fusión del humor wildeano y el mexica. De Wilde, llegó a decir Borges que “casi siempre tenía razón”, porque no era aquél el dandi superfluo que muchos supusieron y sí el epigramista perspicaz que sabía retorcer el gaznate a la lógica hasta volverla de estreno e impensable para los obtusos. Del humor mexica, mejor ni hablar: todos estamos al tanto del carácter edípico que lo marca, de ahí su inagotable sensualidad y su sentido múltiple, siempre nutrido por la ambigüedad lingüística y conceptual.

¿Para ejercer la docencia hay que estar enamorado? Creo entender por dónde va el sentido de esta frase... En su novela “El Libro”, el escritor mexicano Juan García Ponce hace decir a su protagonista —Eduardo, un maestro universitario de literatura— las siguientes palabras ante sus alumnos (cito de memoria): “Ustedes están aquí para perder su inocencia...” Eduardo, que está iniciando su curso en el principio de la historia sigue diciendo: “Enseñar es pervertir...” Después vendrá su relación amorosa con la hermosa Marcela, una de sus pupilas.

Pero Catón no habla de esta forma de amar. El personaje de García Ponce es, como muchos de los suyos, un “homo eroticus”, un discípulo de Bataille y de Klossowski. Para Eduardo, enamorarse y refocilarse en la carne del amor es entrar en la dimensión de otra forma del saber, la más dichosa de todas. Tan tortuoso como se quiera, este profesor universitario —alter ego de García Ponce— profesa una doctrina, la del conocimiento que se obtiene a través del placer. Hedonismo quizá, pero uno que mantiene un pie suspendido en el despeñadero de la angustia.

¿Qué quiere decir este personaje —Eduardo— cuando habla de que “enseñar es pervertir”? Veamos el diccionario:(Del lat. pervertere). tr. Viciar con malas doctrinas o ejemplos las costumbres, la fe, el gusto, etc. U. t. c. prnl. || 2. Perturbar el orden o estado de las cosas. ¶ MORF. conjug. c. sentir. (Biblioteca de Consulta Microsoft® Encarta® 2005). Parece que “perturbar el orden o estado de las cosas” puede ser un acto de subversión no sólo sexual y por ende moral sino también política... o cognitiva. Pervertir es desestabilizar. El discurso educativo mexicano de hoy habla de “problematizar” al alumno o a cualquier parcela del conocimiento: ¿se trata de una perversión?

Sí, en la segunda acepción del vocablo, antes transcrita. Per-vertir es ver las cosas en otra versión. Pervertimos cuando perturbamos lo establecido, pero esa perturbación nos incluye: pretender conocer algo nos obliga a reacomodar las piezas en el tablero mental de nuestras coordenadas. Hay en el acto de conocer, o en el camino del conocer, una súbita sensación de extrañamiento: ¿la Tierra no es, pues, redonda, como suponíamos? Por Dios, cuántas cosas cambian con eso... ¿La vieja teoría de conjuntos puede ser entendida como una metáfora de la vida social y sus avatares? Vaya, ahora comprendo por qué se habla de un “conjunto vacío”... ¿La poesía dice también lo que no dice? ¿Qué quiere dar a entender con eso? ¿Cómo puede ser así? Esto irrumpe en la conciencia como una per-versión porque perturba nuestra cómoda estabilidad. Pero aprender es sufrir las causas de los efectos, y los efectos de las causas. La historia del conocimiento parece una crónica individual y colectiva del dolor. Duele aprender. Duele tanto pretender saber.

Extrañamiento, distanciamiento: me retroimagino inclinado sobre la paleta del pupitre, imponiendo a la mano un ejercicio antinatural, el de dibujar letras y números en la página del cuaderno. Al frente, la maestra de primer grado, vara en ristre, ominosa como un dios genésico. Sin RIEB protectora, esa mano de niño repite los mismos trazos animada por la misma tristeza. Años después, aquél que ya fue abandonado por la infancia descubre otro mundo gracias a esa actividad contranatura: Andersen y Verne, Baudelaire y Rimbaud empiezan a ocupar la casa.

Pero, ¿y la pedagogía? Don Armando tiene razón: para ejercer la docencia hay que estar muy enamorado. O estar mal de la cabeza o ser un platónico. Y, por si fuera poco, hay que aprender a ser un seductor y un extranjero. Lo de la extranjería no me preocupa; me preocupa la seducción. Jamás fui bueno para eso.