OPINIÓN
Amarillo Lima
martes, 26 de junio del 2012
Las flores con sus faldas blancas caen como campanas en las noches de mar, o se mueven ayudadas por el viento. Ellas danzan un ritmo de hadas. Son las flores del floripondio en el jardín.
Madera brillante cubre el piso de la casa. El viejo reloj de Anette da un tic tac que la devuelve a su infancia en Marl, Alemania. Cuelgan peces de metal en el patio trasero. Un traductor joven y silencioso se guarda al fondo, en una habitación que parece una postal por la belleza de los marcos de madera y las cortinas de algodón bordado que lo contienen.
Arriba, justo debajo del cielo gris y fresco, duerme un actor. Nosotros estamos en la casa central, donde el arte se pasea en pinturas de Juan Milla Jara con sus perros de colores, con papas o ese trío de peces que vuela en sus tamaños inmensos sobre la ciudad.
Estamos en Lima, ciudad amplia que pinta de amarillo mostaza sus labios puertas, sus piernas columnas, sus aretes farolas. Amarillo Lima. Amarillo y pelirrojo. Amarillo y chocolate. Estamos en San Isidro, resguardadas por la forja negra y las flores del ojo de cuculí.
Esta casa guarda la piel del amor: Anette de ojos verdes, piel rosa y cabello rojo. Ayanna, su hija, que cuando sonríe, ríe también su cuerpo de chocolate recién nacido.
Es una danza de colores este amor, los ojos de la madre que a veces se esmeraldan y otras se vuelven mineral mientras abrazan a la pequeña. Ayanna floreciendo en sus pestañas largas y curveadas pegada al pecho de su madre, con esos rizos de un cabello abundante y suave.
La casa amanece con esos latidos. Estamos envueltas en leche, en vegetales macerados que alimentan a la pequeña. Hay tanto amor.
El perro Negro, acompaña con sus movimientos lentos los ritmos de la casa. Hay granadillas y chirimoyas para desayunar; el café peruano nos alimenta desde su aroma.
Estamos esperando a Lily, Virgilio generoso. Con ella volveremos a La Punta, donde el mar tiene una playa de piedras redondas y suaves de múltiples tonos, esa playa que con cada ola despliega el canto de esos guijarros; al punto exacto donde nos encontramos con una medusa que se daba un baño del sol que asomaba de a poco, sin quemar, tímido, amable.
Volveremos al mercado de La Punta, puesto 21, donde trabajadores de la construcción, vigilantes de la escuela de marina y extranjeros, conversamos y reímos y comemos esas papas a la huancaína, esa crema que cae como regalo de dioses sobre vegetales, arroz, frijoles o pescado por siete soles.
Esa Punta donde Lily ríe mientras busca rostros de hombres y animales en las piedras, mientras canta y nos pone jazmines en el cabello a todas, recordándome a mi madre.
claudiadesierto@gmail.com
Madera brillante cubre el piso de la casa. El viejo reloj de Anette da un tic tac que la devuelve a su infancia en Marl, Alemania. Cuelgan peces de metal en el patio trasero. Un traductor joven y silencioso se guarda al fondo, en una habitación que parece una postal por la belleza de los marcos de madera y las cortinas de algodón bordado que lo contienen.
Arriba, justo debajo del cielo gris y fresco, duerme un actor. Nosotros estamos en la casa central, donde el arte se pasea en pinturas de Juan Milla Jara con sus perros de colores, con papas o ese trío de peces que vuela en sus tamaños inmensos sobre la ciudad.
Estamos en Lima, ciudad amplia que pinta de amarillo mostaza sus labios puertas, sus piernas columnas, sus aretes farolas. Amarillo Lima. Amarillo y pelirrojo. Amarillo y chocolate. Estamos en San Isidro, resguardadas por la forja negra y las flores del ojo de cuculí.
Esta casa guarda la piel del amor: Anette de ojos verdes, piel rosa y cabello rojo. Ayanna, su hija, que cuando sonríe, ríe también su cuerpo de chocolate recién nacido.
Es una danza de colores este amor, los ojos de la madre que a veces se esmeraldan y otras se vuelven mineral mientras abrazan a la pequeña. Ayanna floreciendo en sus pestañas largas y curveadas pegada al pecho de su madre, con esos rizos de un cabello abundante y suave.
La casa amanece con esos latidos. Estamos envueltas en leche, en vegetales macerados que alimentan a la pequeña. Hay tanto amor.
El perro Negro, acompaña con sus movimientos lentos los ritmos de la casa. Hay granadillas y chirimoyas para desayunar; el café peruano nos alimenta desde su aroma.
Estamos esperando a Lily, Virgilio generoso. Con ella volveremos a La Punta, donde el mar tiene una playa de piedras redondas y suaves de múltiples tonos, esa playa que con cada ola despliega el canto de esos guijarros; al punto exacto donde nos encontramos con una medusa que se daba un baño del sol que asomaba de a poco, sin quemar, tímido, amable.
Volveremos al mercado de La Punta, puesto 21, donde trabajadores de la construcción, vigilantes de la escuela de marina y extranjeros, conversamos y reímos y comemos esas papas a la huancaína, esa crema que cae como regalo de dioses sobre vegetales, arroz, frijoles o pescado por siete soles.
Esa Punta donde Lily ríe mientras busca rostros de hombres y animales en las piedras, mientras canta y nos pone jazmines en el cabello a todas, recordándome a mi madre.
claudiadesierto@gmail.com