OPINIÓN
¡Eureka!
sábado, 07 de julio del 2012
¿De qué estamos hechos?
La duda nos la despejaron desde el primer curso de química orgánica, en la secundaria, cuando nos dijeron que todos los seres vivos estamos hechos fundamentalmente de media docena de ingredientes: carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno, azufre y fósforo.
Bueno, algunos seres vivos -seres humanos, para ser más precisos- tiene una pizca de otras cosas. Como el personaje aquel de Piporro a quien apodaban “El Minero” porque tenía plata en las sienes, oro en los dientes y plomo en las patas... Pero eso es otra historia.
Existe acuerdo universal en el sentido de que los elementos químicos antes mencionados constituyen la mayor parte de nuestra humanidad, es decir, que si fuéramos reducidos a nuestros componentes primarios, lo que se encontraría sería 65 por ciento de oxígeno, 10 por ciento de hidrógeno, 18 por ciento de carbono, 3 por ciento de nitrógeno, una pizca de calcio -pa’ los huesos- y cualquier cosa más de cloro y potasio.
Todo eso, revuelto, constituye lo que nuestros maestros nos dijeron se denomina “masa”, oséase la materia, lo que nos otorga peso, la sustancia sobre la cual actúa la fuerza de gravedad para mantenernos pegados al suelo.
No se requiere saber más. Conocer el concepto de masa nos fue suficiente para superar la aduana de los cursos de física en la prepa, pues conociéndola podíamos calcular la velocidad de un objeto, o su aceleración. O si conocíamos las otras dos en un momento determinado podíamos calcular la masa. Y luego el peso, que no es lo mismo, sino... En fin, no divaguemos.
El punto es que hay quienes no se conforman con eso. Necesitan averiguar más y tener claro qué hay más allá de los elementos químicos, es decir, de qué están hechos el carbono, el hidrógeno, el potasio y todo lo demás.
La respuesta parece elemental y hasta se antoja responder a la interrogante con el tonito clásico que usamos para decirle tarado a un interlocutor: pues el carbono está hecho... ¡De carbono! ¿Y el potasio? ¡Pues de potasio!
Eso nos dijeron también en la secu, ¿no? Los componentes de la tabla periódica constituyen los ingredientes básicos de toda la materia del universo. Y nos ponían de ejemplo el agua: si descomponemos una molécula de agua, encontraremos dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno, pero estos ya no pueden ser descompuestos a su vez en otros elementos.
Pero los necios no se conformaron y sostuvieron la interrogante. Así que tras llegar al nivel de los átomos le agregaron lentes al microscopio y se sumergieron en el océano infinitesimal de lo subatómico.
Y entonces descubrieron algo que los dejó pasmados: los átomos no son esferas sólidas que se adhieren unas a otras para formar una barra de mantequilla, un plátano, la hoja de una cimitarra o la corteza de una sequoia, no. Son en realidad una maraña de otras partículas más pequeñas que se mantienen unidas merced a la existencia de una feliz combinación de cargas eléctricas y campos magnéticos que impiden la desintegración espontánea de los átomos.
Pero lo que dejó realmente perplejos a los curiosos fue encontrar que, además de existir una gran variedad de partículas subatómicas -protones, neutrones, electrones, quarks, hadrones, leptones...- todas éstas juntas llenaban sólo un pequeño porcentaje del espacio ocupado por el átomo.
¿Y el resto? El resto, es decir, la inmensa mayoría del espacio ocupado por los átomos de todos los elementos... ¡Está vacío!
En otras palabras, la mayor parte del espacio que ocupa la materia es espacio vacío, es la nada, está vacante, es... es... es... No es.
Entonces, ¿qué chingaos es la masa? ¿Qué es la materia? ¿Por qué pesa? ¿Sobre qué “cosa” (porque a estas alturas ya no sabemos ni cómo llamarle) actúa la fuerza de gravedad para mantenernos pegados al piso?
¡Pues búsquele bien! Le habría espetado cualquier ciudadano de a pie al físico que, por andar de curiosito, ya nos metió en la bronca de no saber de qué estamos hechos y ha cimbrado todo lo que dábamos por cierto.
Y se pusieron a buscar. Pero no encontraron nada. Entonces alguien atinó a proponer una solución en 1964, señalando que debía existir una partícula más, una especialmente huidiza, perteneciente a la familia de los bosones (no confundir con los bolsones, ésos son otros) y que nomás dando con ella se tendría la respuesta.
Ése alguien fue el señor Peter Ware Higgs, eminente físico inglés quien, junto a un grupo de colegas, planteó en aquella época la posibilidad de que todo el misterio de la materia se encontrara contenido en esa partícula que fue bautizada entonces como el “Bosón de Higgs” y que, al correr del tiempo, debido a que su existencia parecía más bien un acto de fe, comenzó a conocérsele como “la partícula de Dios”.
Hace tres días, esa partícula parece haber sido encontrada finalmente en el gran colisionador de hadrones ubicado en la frontera entre Francia y Suiza. Parece que ya podremos saber de qué estamos hechos.
¡Feliz fin de semana!
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