La controversia sobre la dimisión del representante estadounidense en México va más allá de los cables de WikiLeaks
Detrás del affaire diplomático se esconde la historia de su novia, Gabriela Rojas Jiménez, hija del priísta Francisco Rojas y ex esposa de Antonio Vivanco, el ahora director de la Comisión Federal de Electricidad
Aunque aparentemente el embajador Carlos Pascual fue víctima de la publicación de los cables de WikiLeaks, la historia real podría ser otra. O, al menos, podría haber un elemento complementario.
Para algunos, la renuncia ofrecida, nunca pedida, se finca en las críticas que hizo el diplomático sobre el gobierno de Felipe Calderón en los comunicados que envió al Departamento de Estado. En concreto, sobre el deficiente rol del Ejército Mexicano en la lucha contra el crimen organizado.
Para otros, sin embargo, podrían ser otros los sucesos, más personales quizá, que encendieron la animosidad entre el presidente Calderón y el diplomático estadounidense.
¿Cuáles fueron esos motivos? ¿La renuncia de Carlos Pascual puede ser considerada un triunfo del presidente Felipe Calderón? ¿Qué podemos esperar los mexicanos de la relación entre ambos gobiernos? Analicemos.
Embajador a la medida
Cuando el cubano-americano Carlos Pascual bajó del Air Force One acompañando al presidente Barack Obama como el nuevo embajador de Estados Unidos en México, seguramente no imaginó que en menos de dos años se vería obligado a presentar su renuncia.
Por el contrario, el 11 de agosto de 2009, el embajador de 50 años llegó a México precedido de un gran prestigio por su amplísima experiencia en relaciones diplomáticas.
Había trabajado durante casi 23 años en el Servicio Exterior de su país hasta ocupar la Embajada de Estados Unidos en Ucrania de 2000 a 2003.
El Departamento de Estado afirmaba que Carlos Pascual era experto en “el diseño de planes para estabilizar y reconstruir sociedades que han vivido conflictos”. Para otros, sin embargo, más bien era experto en “Estados fallidos”.
Haya sido lo uno o lo otro, el hecho es que el presidente Barack Obama lo eligió para reemplazar a Tony Garza, quien sin ser un funcionario de carrera en el servicio exterior, fue embajador en México gracias a su cercanía con el entonces presidente George Bush.
Pero el Gobierno de Obama decidió que era necesario nombrar un embajador a la medida de las complicadas circunstancias por las que atravesaba el Gobierno mexicano en 2009.
La violencia en México había llegado a niveles insospechados. Los asesinatos y ejecuciones seguían aumentando de manera exponencial.
El número de muertos por la guerra contra el narcotráfico había superado las escandalosas cifras reportadas durante el gobierno de Vicente Fox.
Quizá lo que no advirtió la secretaria de Estado Hillary Clinton cuando analizó la posibilidad de proponer a Carlos Pascual como embajador, fue que el experto en estabilizar y reconstruir sociedades en conflicto podría estar atravesando, él mismo, un proceso de reconstrucción personal.
Y que su circunstancia emocional, aun siendo de índole personal, podría terminar lesionando su misión diplomática en México.
Así, el embajador Carlos Pascual debutó en México como un soltero (divorciado) deseoso de encontrar una pareja con quien reconstruir y estabilizar su vida sentimental.
La relación que estropeó la relación
En 2009, Carlos Pascual era un hombre de menos de 50 años que podría, como finalmente sucedió, enamorarse de una mujer mexicana.
Este hecho no habría tenido mayores implicaciones, si la novia del embajador hubiera sido una mexicana común ajena al Gobierno y a la política.
Pero resulta que la mujer que alguien le presentó a Carlos Pascual nació en el seno de una familia vinculada con los más altos círculos del poder político mexicano. Y aunque por su edad ella no había llegado a la cúspide política, su padre y su ex esposo sí eran figuras de renombre.
Gabriela Rojas Jiménez es hija de Francisco Rojas Gutiérrez, el hombre que coordina a la bancada priísta y que políticamente representa la línea del ex presidente Carlos Salinas en la Cámara de Diputados.
Además, estuvo casada con Antonio Vivanco Casamadrid, ex coordinador de asesores del presidente Felipe Calderón, quien el 18 de febrero pasado fue nombrado director adjunto de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) y que el miércoles 24 de marzo asumió oficialmente la dirección que ocupó Alfredo Elías Ayub durante 12 años.
Por eso, cuando el embajador Carlos Pascual llegó acompañado de su novia mexicana a la cena de Estado en la Casa Blanca el 19 de mayo de 2010, muchos de los asistentes arquearon las cejas.
Parecía que el embajador de Estados Unidos tenía una relación seria con la hija de uno de los priístas más relevantes en la segunda mitad del sexenio de Felipe Calderón.
¿Habrán influido en el ánimo del embajador los comentarios que le hiciera su novia o hasta el papá de la novia sobre el estado de las cosas en México?
En opinión de muchos, existía un potencial conflicto de intereses.
Y más si se considera que la novia del embajador, aunque no ha sido una figura política abierta, puede mantener un diálogo inteligente, interesante y de altura con un embajador norteamericano. Como lo podría tener cualquier graduada de dos maestrías en la Universidad de Harvard, que no es cualquier cosa.
Y es que Gabriela Rojas Jiménez no sólo egresó de una maestría en Derecho en la misma universidad donde estudiaron Carlos Salinas, Miguel de la Madrid y Felipe Calderón, sino que también pasó por la Escuela de Gobierno John F. Kennedy, donde también estudió Carlos Pascual.
Es posible, señalan algunos, que Gabriela Rojas haya conocido en Boston a Felipe Calderón, cuando el entonces presidente del PAN dejó el partido para estudiar su maestría en Harvard.
Fue en esa ciudad donde el hoy presidente conoció a otros estudiantes mexicanos, más jóvenes, que cursaban sus posgrados. Y uno de ellos fue Antonio Vivanco, el ex esposo de Gabriela Rojas Jiménez.
Quienes la conocen, dicen que la hija de Francisco Rojas es una mujer atractiva y preparada. El cargo más alto que ha ocupado es el de directora general adjunta en la Secretaría de Salud (del 1 de enero de 2001 al 26 de mayo de 2006), quizá por el hecho de apellidarse Rojas en un sexenio como el de Vicente Fox.
Años antes, en el gobierno de Ernesto Zedillo, la joven Gabriela fue analista de la Reforma Agraria, que estaba a cargo de Arturo Warman, el hombre que sirviera de negociador entre Carlos Salinas de Gortari, en huelga de hambre, y Ernesto Zedillo. La hija de Francisco Rojas trabajó en esa dependencia federal de septiembre de 1995 a febrero de 1996.
También pasó por la Coordinación de Asesores del secretario de Gobernación de febrero de 1996 a agosto de 1997, cuando el mexiquense Emilio Chuayffet Chemor ocupaba la Secretaría de Gobernación.
Después, en 1998, Gabriela Rojas Jiménez se fue a estudiar a Boston, donde quizá coincidió con el ex presidente del PAN Felipe Calderón.
¿Fue la relación de Gabriela Rojas con Carlos Pascual un factor determinante para la animadversión de Felipe Calderón contra el embajador?
¿Cometió el embajador Pascual alguna indiscreción que llegara a los oídos de los adversarios políticos del Presidente mexicano?
Algunos dicen que es posible que eso haya sucedido, y que Calderón se pudo haber enterado por los servicios mexicanos de inteligencia.
Incidentes e información que aunque no han sido reportados por WikiLeaks, sí hablaban del desencanto que sentía el embajador por el trato áspero y casi rudo que recibía del presidente Felipe Calderón.
Sobre todo cuando el embajador Pascual reconoció ante sus más íntimos que él mismo había sido el responsable del maltrato que recibía del Presidente mexicano por haberse apersonado en Los Pinos un viernes después de las tres de la tarde.
Sin embargo, hay quienes sostienen que si el embajador no cometió indiscreciones con su novia, o con el papá de su novia, que pudieran haber afectado la política interior, el argumento del noviazgo parecía venirle bien al Presidente para usarlo como pretexto para pedir el relevo del embajador.
Aun así, afirman que el embajador Pascual debió haber considerado las consecuencias políticas que su relación personal pudiera tener en el desempeño de su función.
¿Triunfo o derrota?
Félix Arredondo
Después de que Barack Obama ratificó al embajador Carlos Pascual el pasado 4 de marzo, las opciones del presidente Felipe Calderón para provocar su salida eran prácticamente nulas.
O el Gobierno mexicano declaraba al embajador “persona non grata”, en los términos que proponía la senadora priísta Rosario Green, o cortaba toda interlocución con el embajador y auspiciaba una campaña de desaires y críticas en su contra.
Está claro que el Gobierno de Calderón optó por lo segundo.
Aunque hay quienes sostienen que Felipe Calderón se salió con la suya al lograr la renuncia del embajador, no han faltado los que afirman, con argumentos sólidos, que el Presidente se anotó un autogol en los últimos minutos del partido.
El 19 de marzo, la secretaria de Estado Hillary Clinton anunció con gran pesar la aceptación de la renuncia de “Carlos”, para subrayar el grado de cercanía y apoyo del que goza el embajador de Estados Unidos en México.
Y éste era sólo el primer indicio de que la actitud del Gobierno mexicano no había sido grata a los ojos de los vecinos del norte, porque inmediatamente después, se anunció que el embajador no se iría. Carlos Pascual, le guste o no al Gobierno de Calderón, seguirá siendo el embajador de Estados Unidos en México, al menos mientras llega su relevo. Y esto podría tomar meses.
El segundo golpe fue más severo. Y esta vez vino del Presidente de Estados Unidos, quien por primera vez calificó la lucha del Presidente mexicano como un fracaso que le produce cierta frustración a Felipe Calderón.
“El reto es que los cárteles de la droga se han fortalecido, y el presidente Calderón tiene cierta frustración”, declaró.
El daño a la relación bilateral es tan evidente, y el pronóstico tan sombrío, que hasta Vicente Fox se apresuró a fijar su posición, quizá con el propósito de ser un interlocutor frente al Gobierno de EU.
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