Una profunda verdad
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Hay una verdad detrás de ese andar despacio. Una verdad para muchos aún desconocida. Su paso es lánguido. Baja las escaleras con lentitud, con mucha lentitud, y no, no es a causa de la bolsa en tonos violeta y verde de donde sobresalen las diminutas flores amarillas de la manzanilla. No es por ello que camina tan lentamente. La razón es su edad. Ha, seguramente, cruzado las siete décadas, quizá siete décadas y media.
Con la ayuda de una de las laicas que realizan su servicio este Viernes Santo, baja las escaleras del atrio de Catedral. Una vez lo ve seguro, la mujer se aleja para continuar en el servicio. Él voltea la vista hacia el púlpito viejo, aquel desde el cual pronunciaban los sermones hace muchos años los sacerdotes.
Como el resto de los fieles, ha llegado hasta aquí haciendo una larga fila en el centro de la iglesia para ofrecer el Pésame a la Virgen, ahora ataviada de acongojadas vestiduras negras.
Se escucha la voz de otra laica que dirige el servicio: “Madre llena de dolor, aquí tienes la cruz de tu Hijo. Mírala, se parece a aquel pesebre, allá en Belén. Ése que quedó guardado en tu corazón. ¿Te acuerdas? Allí reposaba tu divino
Hijo, tu pequeño niño, que cerraba sus ojos vencido por el sueño.
Esta cruz acogió a tu Hijo, lo abrazó amorosamente con sus brazos de madera, en ella cerró sus ojos vencido por la muerte. De sus brazos pasó a los tuyos, como cuando era niño, allá en Belén. Aquí tienes su cruz... ¡Y tu cruz!”.
El hombre de la bolsa de ixtle con la manzanilla desbordándosele se ha topado con otro que anda en silla de ruedas eléctrica y más allá, con un anciano en una silla de ruedas más modesta, manual. Ellos y sus acompañantes asumen con solemnidad el momento. Un gran momento en el cual la religiosidad, la fortaleza, la esperanza permanecen inalterables. En el aire se respira una atmósfera de recogimiento y dolor. Tristeza, pero no resignación. Siempre la esperanza y la luz que esa esperanza invita a seguir.
¡Cuán maravillosa es la fe sentida y sostenida por todos ellos! Detrás de cada uno se adivina la persistencia de una verdad que sigue siendo misterio, pero para la cual los fieles han abandonado la vida de todos los días. La han hecho a un lado para manifestar su fe.
Fuerte carga de solemnidad tuvo la propia ceremonia del Sábado en el Vaticano. “Es la más solemne del año”, escucho decir. “¿Más, incluso que diciembre?” “¿Más incluso que la de propio Domingo de Resurrección?”. “Así parece ser”, recalca un tercero. El Papa Francisco insistió en las palabras “Esperanza” y “Luz”. Estas fueron, las que me tocó presenciar el Viernes Santo en Catedral. Esperanza y Luz en el andar.
Esperanza y luz en la mirada. “Abrámonos”, dijo el Papa, “a la esperanza y pongámonos en camino; que el recuerdo de sus obras y de sus palabras sea la luz resplandeciente que oriente nuestros pasos confiadamente hacia la Pascua que no conocerá ocaso”.
Fueron las siguientes palabras, dirigidas a la Virgen el Viernes Santo, las que reflejaban en su oración los fieles, en un ambiente de tristeza que dotaba de sombras a la iglesia:
“Es noche. La oscuridad cubre la tierra. No hay luz. Pero en tu corazón sí la hay. En tu corazón es de día porque la luz de tu Hijo lo ilumina. Esa luz brillará gloriosa al amanecer de su primer día…”.
Detrás de cada andar parecía haber una profunda verdad. Si todo ello encaminare a una sociedad mejor, que sigan andando esos pasos.