Me gustaría tener más espacio, señor lector, en estos muy generosos folios de VANGUARDIA que soportan mis textos, para presentarle a usted mis palabras e ideas de muchos “piensos”; es decir, ideas sobre temas que tengo en mente para presentárselos aquí y que usted tome lo que sea de su interés. ¿Puedo aportar yo algo que no se haya dicho, por ejemplo, sobre el gabinete, el círculo rojo de funcionarios que rodean al magnate Donald Trump, presidente de la nación más poderosa del mundo? ¿Puedo yo aportar algo novedoso? Planto mi estandarte de batalla y digo sí. Aquí voy. 

Hoy le presento a usted una estampa de un tipo, un mílite por demás interesante. Prometo, en función del tiempo y los espacios disponibles (la política de vecindario en Coahuila ya aprieta por las elecciones en la gubernatura, diputaciones y alcaldías; es aburrido, pero hay que abordarlo), continuar esta saga. El tipo es el secretario de Defensa, James Mattis. Es General retirado, con una foja de servicio de 41 años en el cuerpo de marines. Según los datos, buena parte de este tiempo se la pasó en el Oriente Próximo. Tiene 61 años. ¿Sabe usted cómo le apodan? “Perro Rabioso” y el “Monje Guerrero”. Es, digamos, el Ben Beleschik de la marina norteamericana.

Le apodan “Perro Rabioso” por su estrategia ofensiva en el campo de batalla, donde se apuesta la vida misma de él y sus tropas. No debe de haber errores. Le apodan el “Monje Guerrero” por su carácter reflexivo y sus lecturas, su extraordinario bagaje intelectual. General retirado de cuatro estrellas que dirigió las operaciones lo mismo en Afganistán que en Irak, no tiene pareja, no tiene hijos y no tiene televisión. Un monje de la guerra y la lectura. Hoy es Secretario de Defensa. Los éxitos militares lo tienen encumbrado, pero Barack Obama lo mantuvo alejado por su línea dura, férrea. Hoy está al mando de todo el arsenal norteamericano.

Y es que, caray, no hay cosa que no me interese, creo que a usted también, lector. Es decir, cuando saludo y parlo con mi compañero de página aquí en el diario, Marcos Durán, no poca veces terminamos deshojando la margarita al hablar sobre las grandes batallas de la Segunda Guerra Mundial y sus estragos que aún hoy se sienten. De hecho, Durán llevó a sus hijos al Museo del Holocausto y les dijo casi literalmente: “Miren esto y no lo olviden. Puede volver a pasar…” Sin duda, tiene razón y ya está pasando a cuentagotas, pero pasa en varias partes del mundo: los refugiados que tocan a las puertas de Europa, las barcazas de africanos hacinados que naufragan, la persecución de indocumentados, la guerra terrible en Siria, los musulmanes y su odio…

Esquina-bajan

Otro contertulio con el cual siempre abordamos lecturas, cine y anécdotas sobre la Segunda Guerra Mundial y otras batallas funestas es con el chef de sabor huracanado, Juan Ramón Cárdenas. Hace poco tuve a bien visitarlo y saludarlo en su mítico “Don Artemio” para poner en su mano un libro del que afortunadamente conseguí dos o tres copias: “Los Libros del Gran Dictador”, del investigador y académico Timothy W. Ryback, a quien le costó más de un lustro el trabajo de inteligencia, rastreo y, claro, leer puntillosamente los libros que leía Adolf Hitler y que fueron moldeando su torva personalidad. Hitler, usted lo sabe, quemaba libros. Como obras de arte, obras musicales. Vaya, carajo, quemaba humanos, que no fuese a quemar libros.

Pero Adolf Hitler leía obsesivamente “El Quijote de la Mancha” de Miguel de Cervantes. Leía “Robinson Crusoe”, leía a Henrik Ibsen, leía con pasión a William Shakespeare. Admiraba el libro “El Judío Internacional”, el cual obligaba a leer a los miembros de su partido. ¿Sabe usted quién es el autor de dicho libro? Henry Ford. Pero también el gran dictador que fue Hitler se nutría de lecturas sobre hazañas guerreras, batallas de la antigüedad, generales y capitanes en su laberinto… Si el gran Alejandro, el Magno, tenía como su libro de cabecera a “La Ilíada” del divino Homero, Marco Aurelio, el emperador y filósofo romano, citaba con pasión y diariamente en combate a Alejandro, el gramático, a Sócrates, a Máximus, a Catulo, a Hiparco, el instructor de arqueros…
James Mattis, general a quien apodan el “Monje Guerrero”, es un empedernido lector del divino Homero. 

Especialista en la batalla de las Termópilas en Grecia (480 a. de C.), a sus colaboradores les pide lecturas literalmente “obligatorias”. Alguna vez espetó en 2003: “Gracias a mis lecturas, nunca me han cogido desprevenido en una situación”. Sin duda. En más de dos lustros en el Oriente, no perdió una batalla. Obliga a leer también “Imperial Grunts” de Robert Kaplan y todo lo que exista sobre ese personaje de historia y leyenda, Lawrence de Arabia…

Letras minúsculas

Caray, sería una gran lección platicar con semejante General. Me pregunto: ¿qué leerá gente como Guillermo Anaya o Miguel Riquelme? ¿Sabrán leer? Gulp.