Hace 100 años, los ciudadanos escribían cartas con todo tipo de peticiones, quejas y apoyo a sus autoridades locales. Incluso recibían respuestas. ¿Hoy tenemos ese diálogo cercano con los servidores públicos?
Foto: Vanguardia

En algún momento de la historia de Saltillo, las autoridades locales eran personas al alcance de los ciudadanos. No sólo eran los mandatarios que administraban los bienes públicos sino que mantenían un diálogo con la sociedad (o al menos la apertura y cercanía para iniciar la comunicación) que colindaba con el terreno de la terapia. El Presidente sería el terapeuta. Las cartas serían el diván en el que los ciudadanos podían recostarse y expresar sus sueños, frustraciones y problemas, desde lo más insólito hasta lo más serio.

A inicios del siglo XX, los saltillenses se quejaban poco con sus autoridades pero el apoyo moral de Presidente Municipal era de vital importancia. La sociedad solía escribir cartas donde daba muestras de apoyo al Mandatario y también peticiones personales que hoy resultarían vergonzosas o simplemente sin sentido. Tal vez esto refleja la manera en que la gente veía a la máxima autoridad de la ciudad: como padre, amigo, socio, juez y héroe.

Para ese entonces la ciudad tenía aproximadamente 30 mil habitantes y ocupó el 15° lugar en México respecto al empuje económico. Después llegaron el ferrocarril, los molinos de trigo, la fábrica de hule, el teléfono, el telégrafo y, en consecuencia, más comercio extranjero que propició la diversidad social y las diferencias entre la sociedad saltillense.

Aunque el Presidente no contestaba a todas las peticiones, los saltillenses insistían en extenderle sus reclamos y consejos.
Como ejemplo de lo anterior, nos dimos a la tarea de investigar en el Archivo Municipal donde recuperamos algunas cartas en las que la gente se expresaba muy al estilo saltillense: un vecino se queja del ruido de los bares, una petición para volver a la escuela, ayuda a sexoservidoras, permiso para corregir a hijos enamorados. A veces el Presidente respondía y solucionaba el problema. En otros casos omitía su participación.

Estas cartas nos permiten cuestionarnos si nuestras peticiones y conductas de hoy son las mismas que en aquella época. O si hemos cambiado la forma en que nos dirigimos a nuestras autoridades. O si se han perdido el cariño y la relevancia y cercanía hacia ellas en una ciudad de más de 800 mil personas (INEGI-2015).

Algunas de estas cartas han sido publicadas en el libro “Querido Sr. Presidente”, de Magolo Cárdenas. Lo que el libro cuestiona es: ¿qué se espera del Presidente municipal? Se puede encontrar en el Archivo Municipal de Saltillo, al igual que cientos de títulos y archivos desde la fundación de “Saltío” hasta la fecha.

Foto: Vanguardia

Esto era lo que los saltillenses pedían a su querido Sr. Presidente:

Dirigida a 
Lorenzo I. Blanco 

29 de Agosto de 1914

María Luisa G. era una sexoservidora o también llamadas en ese entonces “mujeres públicas”. La prostitución, aunque llena de tabúes, era un oficio con normas, horarios e impuestos gracias a la derrama económica que generaban los burdeles. Una de las reglas para realizar esta actividad era avisar en caso de dejarla.

La carta expresa la separación de María Luisa de la prostitución para iniciar una nueva vida al lado de su compañero José González. Ambos eran saltillenses.

Una de las peticiones más comunes, incluso ahora, era: clausura de bares por ruido y desmanes.

La pulquería “El Puerto Arturo”, ubicada en el centro de Saltillo, era un punto de encuentro de soldaderas, militares y “vagos” cuyo comportamiento, según las vecinas, atentaba contra la moral y resultaba peligroso para la educación de los niños.
La petición fue aceptada también por evasión de impuestos. Las autoridades clausuraron la cantina ese año.

La pulquería era propiedad de Plutarco Barrios.

Foto: Vanguardia

Dirigida a Antonio D. Cabello

16 de junio de 1919

Encarnación Vázquez escribió una carta desde la cárcel de la Comandancia Municipal para pedir la libertad de su esposa que fue encarcelad por llevarle mariguana en una de sus visitas.

Además de la petición, Encarnación le promete al Presidente que no volverá a cometer este tipo de faltas gracias a que el director de la comandancia ya conoce los vicios que proliferan en la cárcel. 

 

Dirigida a  Jose Trinidad Pérez 

agosto de 1935

A. Montes era un niño de 5° de primaria de la Escuela Coahuila que le pidió ayuda al presidente José Trinidad Pérez para que su papá lo dejara regresar a la escuela.

El niño pide que la carta se mantenga en secreto para que su papá no se moleste.

Jose Trinidad Pérez respondió

“He tenido informes en el sentido de que su hjijo cursó satisfactoriamente el 5° año (...) me permito recordarle que en breves días principiará la matrícula para la apertura de clases y creo no desaprovechará la oportunidad de que su hijo termine la primaria”.Historia. Estas cartas nos permiten cuestionarnos si nuestras peticiones y conductas de hoy son las mismas que hacían a principios del siglo XX. O si hemos cambiado la forma en que nos dirigimos a nuestras autoridades.  O si se han perdido el cariño y la cercanía hacia ellas en una ciudad de más de 800 mil personas (INEGI-2015).

 

Dirigida a  Antonio D. Cabello

18 de julio de 1919

Gregorio Morales era un padre preocupado por el “desorden” de su hijo José al enamorarse de una “mujer clandestina” llamada
Victoria. 

En la carta, Gregorio pide capturar a su hijo para que lo ingresen en la penitenciaría y que allí le ayuden a corregir sus actitudes. También comenta que él alimentará y llevará ropa limpia a su hijo mientras esté encarcelado.