Ilustración: Esmirna Barrera

“La amistad es un acompañar la vida del otro desde un presupuesto tácito. En general, las verdaderas amistades no se explicitan, se dan y se van cultivando. A tal punto que la otra persona ya entró en mi vida como preocupación, como buen deseo, como sana curiosidad de saber cómo le va a él, a su familia, a sus hijos. Es decir, que uno va entrando (…). Es que con un amigo, por ahí vos no te ves durante mucho tiempo, pero cuando te encontrás, y a veces pasan meses o hasta un año, sentís como si te hubieras visto ayer, enganchás enseguida. Es una característica muy humana de la amistad”.

Estas palabras del Papa Francisco tienen mucho sentido hoy que hacen falta muchas cosas para ser más humanos, más prójimos, más personas. Por lo general contamos con brevísimos momentos para disfrutar la buena lectura y escuchar esa música que agranda el alma. Abundan los programas de televisión, el exceso de información, el “chateo” y el uso del internet, pero éstos nos alejan de nosotros mismos y, en muchas ocasiones, del verdadero contacto y del auténtico compromiso existencial. Nos hace falta, mucha falta, dar a la noche su lugar para descansar apropiadamente y qué decir de ese tiempo para jugar, para convivir.

También la tecnología, aunada a la búsqueda desenfrenada por tener “cosas materiales” y los “últimos modelos” de lo que sea, ha generado efectos colaterales: distanciamiento entre las personas, escasas posibilidades para que surjan encuentros humanos, para que nazca ese diálogo que origina entendimiento, concordia y comprensión.

Extravagancias modernas

Efectivamente, como nunca antes, contamos con muchos medios, pero los fines escasean; existimos en una era paradójica: tenemos enormes posibilidades de comunicación, pero vivimos humanamente desconectados los unos de los otros. Decimos que sabemos, pero es usual cambiar lo trascendente por lo insignificante. Mucho se dice, habla y escribe de lo superfluo, mientras lo valioso lo tenemos en el traspatio de nuestra atención.

Pareciera que andamos por la vida distraídos, transitando como sonámbulos, entretenidos con miles de distractores que paulatinamente van adormeciendo y secuestrando los momentos extraordinarios de la existencia. Tal vez, por eso, olvidamos la existencia de las flores, las estrellas, la luna, del brillante sol y la poesía.

Afecto milagroso

Desgraciadamente, hoy más que nunca: “la amistad se está volviendo algo no sólo difícil, sino sencillamente milagroso”. Hoy es común pasar por alto el cultivo de la amistad, el convivir con las personas que nos quieren y también queremos.

Como saben ustedes que uno de mis autores favoritos es el español Martín Descalzo, y sobre este tema de la “amistad” hoy quisiera compartirles las columnas en las cuales, según él, debe estar apoyado todo “afecto milagroso”:

“En primer lugar –comenta Martín– el respeto a lo que el amigo es y como el amigo es. Una pareja en la que la libertad del otro no es respetada, en la que uno de los dos se hace dueño de la voluntad del otro, es un ejercicio de vampirismo, no una amistad.

“En segundo lugar, la franqueza, que está a media distancia entre la simple confianza y el absurdo descaro (…). Porque amistad es confidencia; más que simple sinceridad, es intimidad compartida.

“Y amistad es generosidad, que no tiene nada que ver con la ‘compra’ del amigo a base de regalos, sino don de sí; compartir con naturalidad lo que se es y lo que se tiene. En el regalo artificial hay siempre algunas gotas de hipocresía, de compraventa de favores. No ocurre lo mismo con el don espontáneo que se hace sin poder evitar hacerlo. Y, en todo caso, el regalo del amigo verdadero es aquel que apenas se nota y tras el que el otro no se siente obligado a pagar con un nuevo regalo. En la amistad, más que en parte alguna, la mano izquierda no debe saber lo que hace la derecha.

“La amistad es también aceptación de fallos. Los amigos del tipo ‘perro-gato’ que se pasan la vida discutiendo por cualquier cosa a todas horas, tal vez sean buenos camaradas, pero difícilmente serán auténticos amigos. Y peor es el amigo ‘tutelador’, el que a todas horas sermonea al amigo, el que se exhibe constantemente como el ejemplo a imitar, formas todas estas patológicas de la auténtica amistad.

“La quinta columna de la amistad es la imaginación frente a uno de sus mayores peligros: el aburrimiento. Toda verdadera amistad es fecunda en ideas, en saber adelantarse a los gustos del amigo, en saber equilibrar el silencio con la conversación, en descubrir cuándo se consuela con la palabra y cuándo con la simple compañía.
“Y la sexta podría ser la apertura. Una amistad no es algo cerrado entre dos, sino algo abierto a la camaradería, al grupo.” 

Ciertas

Muy ciertas son las columnas en las cuales Martín Descalzo reposa el concepto de la amistad. Y pienso que un puntal más no vendría mal, me refiero a que toda amistad hace crecer a las personas; es decir, la amistad implica un crecimiento compartido. Mutuo. 

Por eso, los amigos procuran lo mejor para cada cual. No imagino una amistad donde siquiera exista la posibilidad de pensar hacer daño al otro, o de tomar ventaja. Ya no sería amistad. De ahí que siempre a los jóvenes les digo “cuiden con quién se juntan”, porque una mala compañía, disfrazada de amistad, puede destruir toda una existencia. Me gusta comentarles que la amistad, como el amor, no se encuentra en las esquinas, ni tirada en la calle y menos en los escaparates de las lujosas tiendas.

Tiempo ganado

El tiempo para cultivar la amistad hay que generarlo deliberadamente, es necesario regar con muchos minutos las buenas relaciones, así como se cuida un huerto, así como se cuida un rosal. 

Cierto es que en ocasiones decimos que no vemos al amigo porque andamos muy ocupados; y es que la “competitividad” nos ha metido hasta los huesos la idea que compartir tiempos milagrosos es una pérdida de tiempo; pues bien, también deberíamos tener en mente que no existe mejor tiempo perdido que el ganado con el amigo.

Gratitud

Ahora que escribo estas líneas arriban a mi mente mis amigos idos –que nunca terminan de irse–, los que se adelantaron en el camino y por los cuales aún me explota el corazón,a porque al paso del tiempo he comprobado que un amigo muerto jamás termina de morir, porque al paso del tiempo me he dado cuenta que el recuerdo de los encuentros compartidos se acrecienta, se vive más, convirtiéndose en tesoro invaluable, en una de mis más valiosas posesiones. 

Por otro lado, también mi corazón se ilumina y recibe calor al pensar en los escasos amigos con los cuales aún comparto esta bendita existencia, y, saben, le doy gracias a Dios por esta fortuna, porque he comprendido que lo verdaderamente escaso en el mundo es el don de la amistad, es la posibilidad de hacer prodigios con ella.

La primavera

Y les cuento que precisamente hace unos momentos interrumpí este escrito para hablarle a un querido amigo y un milagro sucedió: saber que se encuentra bien, saber que pronto vamos a encontrarnos para brindar por lo que sigue, por la alegría, por la esperanza, por las ganas de luchar y también de disfrutar los regalos gratuitos que toda existencia concede. 

Cuando uno se da cuenta que lo verdaderamente escaso es también gratuito, entonces lo demás es lo de menos. Es curioso: lo que escasea es lo que podríamos tener en abundancia, pero que deliberadamente dejamos de apreciar; tal vez por ello la amistad sea hoy un bien escaso. 

Buen tema hablar del tesoro de la amistad ahora que comienza la primavera; precisamente hoy que requerimos abundantes razones para el buen vivir.   

Tec de Monterrey.
Programa emprendedor
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