Hace 27 años la OMS negó que la homosexualidad fuera una enfermedad, hoy se celebra una lucha que continúa en todo el mundo: la que busca acabar con la homofobia

Las leyes de la naturaleza han demostrado que de todos los animales en el planeta, el único que practica la homofobia es el hombre. Pero no siempre fue así. En el pasado, hubo algunos momentos en que se aceptó o toleró la homosexualidad. Civilizaciones antiguas como griegos, romanos y sumerios lo hicieron e Incluso durante la antigüedad, la propia Iglesia católica llegó a celebrar ceremonias litúrgicas entre personas del mismo sexo, bajo un antiguo rito conocido como “adelphopoiesis”, palabra griega que significa creación de hermanos.
Pero al pasar de los siglos todo cambió y la persecución sistemática a los homosexuales se volvió una constante y hasta de herejía fueron acusados. Algunos estudiosos de la historia creen que esto se agravó durante la Edad Media, época en que la Iglesia dominaba cada aspecto de la vida de las personas. Siglos después, ya en “épocas modernas”, los homosexuales dejaron de ser herejes para convertirse en delincuentes o enfermos mentales.

Fue el 17 de Mayo de 1990, cuando la Organización Mundial de la Salud negó que la homosexualidad fuera una enfermedad, desorden o perversión. La fecha se eligió como el “Día Internacional de Lucha contra la Homofobia”, un intento por combatir los crímenes de odio, la violencia, prejuicios y estereotipos, hasta la falta o ausencia de derechos como el matrimonio entre personas del mismo sexo y el derecho a la adopción.
Pero la homofobia persiste y aún enfrentan el rechazo, odio y discriminación de mucha gente. La mayoría de ellos lo hace basándose en dogmas y prejuicios religiosos. Su argumento casi siempre es “la Biblia dice”; otros, los más “informados” dicen que se trata de algo que va contra las leyes naturaleza y que la propia naturaleza lo abomina. La evolución separó a las especies en macho y hembra aseguran.
Pero hay unos peores: los que en público dicen proteger los derechos de los homosexuales, pero que en privado los llaman “jotos y maricones”. Pero vamos por partes. Sobre los primeros, creo que son selectivos con la homosexualidad que combaten, pues no los he visto pronunciarse en casos de pederastia homosexual de sacerdotes de la Iglesia.

De los segundos, de nuevo expongo las conclusiones a las que llegó el doctor Konrad Lorenz, Premio Nobel de Medicina, que dice que los vicios y pecados capitales condenados hoy en día, corresponden a inclinaciones puramente adaptativas. Su investigación documentó comportamientos homosexuales en mamíferos, aves, peces y reptiles. Lorenz demostró que en la naturaleza existen especies hermafroditas que pueden llegar a procrear sin necesidad de aparearse. Algunos de ellos son caracoles, lagartos y peces. 

Sobre quienes en público o en privado los combaten con ferocidad, también la ciencia ha evidenciado probables razones de la homofobia, asegurando que pudiera deberse a deseos homosexuales reprimidos por vergüenza o por miedo y que éstos se pueden expresar en forma de homofobia. Es eso que Freud llamaba una “formación reactiva”, la batalla furiosa contra sentimientos silenciados. Individuos que luchan de manera vehemente su propia guerra personal.

Ahí están infinidad de casos de políticos y líderes de opinión que combatían con ferocidad a los homosexuales y sus derechos, pero que terminaron siendo descubiertos en escándalos de homosexualidad. Y para no herir susceptibilidades locales, le expongo sólo casos descubiertos en los Estados Unidos: Troy King, Jim West, Richard Curtis, Larry Craig (la lista es aún más extensa).

En defensa de la tragedia a la que se enfrentan diariamente los homosexuales he escrito decenas de artículos denunciando los abusos a los que son sometidos, el dolor de ser excluidos. Esto me ha costado recibir ataques —siempre anónimos—, en donde me dicen que quizás lo hago sintiéndome víctima de la homofobia. Otros incluso me han invitado a de plano “salir del clóset”.

A ellos les digo que estoy muy feliz con mi heterosexualidad y que si fuera de otra forma, no tendría problema en aceptarlo. Pero de la idea esa de “salir del clóset”, ni hablar. Y es que para salir de él, primero hubiera tenido que entrar y yo no lo puedo hacer por una razón muy sencilla: no quepo en el clóset, estoy muy gordo.

@marcosduranf