Amparo. El migrante atiende sus necesidades de vestido, enfermedades leves, hambre y ganas de un baño antes de cruzar la frontera. / ROBERTO ARMOCIDA
En la casa que da apoyo a los migrantes, se crece gracias al dolor. Las penas templan el ánimo de los que ahí toman un respiro... y de los que les dan resguardo.

En la esquina de la Casa del Migrante Saltillo se encuentra como custodio 24/7 un oficial de Fuerza Coahuila, pedido así por la Corte Interamericana de Derechos para: “el cuidado de los migrantes”.

En el portón de la casa hay un guardia que pregunta “¿Quién eres?”, “¿De dónde vienes?”. Al darme acceso pude encontrarme con uno de los coordinadores en las oficinas, que más tarde me dirigió con una de las personas que se encuentran este semestre como parte del voluntariado del refugio.

Quienes forman el equipo son todos jóvenes de entre 20 y 27 años, organizan desde el quehacer de este espacio, hasta reflexiones grupales sobre la práctica de los derechos humanos y los valores.

De estatura mediana, cabello rizado y un diseño de flor de loto sobre la ‘’rapa’’ de la nuca hecha por un migrante, se me presenta Claudia Fernández, de 23 años, una joven comunicóloga de Villahermosa, Tabasco, quien ha decido pasar estos últimos cinco meses como voluntaria en La Casa del Migrante Saltillo junto a seis compañeras de diferentes partes de la República y uno de Argentina.

Mientras tejía un brazalete en trenza con estambre “cola de rata” junto a José Santos(migrante recién llegado), Claudia me recibió en “Casa Blanca” (la bodega de ropa y recursos), donde se realiza el primer registro a la llegada de nuevos migrantes, que incluye llenar una forma de datos personales, contar su trayecto y travesía.

EL TEMPRANO INICIO
A las once de la mañana suena el altavoz que anuncia “La Hora de la Tienda”, tiempo de los chicos para ir a comprar algunas cosas fuera. Claudia nos explicó que esto forma parte de la agenda del día, pero que la rutina empieza desde las siete de la mañana con la “Rueda de Sintonía”; una de las juntas diarias que están dirigidas por los voluntarios de la casa.

Foto: Roberto Armocida / VANGUARDIA

Los relatos de los migrantes pueden romper el corazón, pero hay que saber escucharlos. Pasan amargas historias al dejar a sus hijos y familiares en situaciones de pobreza para trepar a los enormes vagones del sueño donde cruzarán gran parte de México en lapsos de hasta dos meses.

Los migrantes dicen que pasan días para subir a uno y trasbordar a otro. Muchas de las migrantes son violadas en repetidas ocasiones a medida que van avanzando y ninguna se queja, ninguna genera un trauma, sabían que los sacrificios para lograr sus sueños serían complicados.

A una de ellas la intentaron violar tres veces. Un párroco de iglesia, un narcotraficante y un policía. A otros les quitan los ahorros que costaron años de hambre, pero si no cooperan les quitan el aliento de un disparo o un navajazo. A los que les va mejor sólo los golpean por no traer suficiente efectivo o en el mejor de los casos llegan repletos de ampollas en los pies por las caminatas de hasta 70 kilómetros sobre las calientes vías del tren.

En la de “Sintonía” asignan un valor a desarrollar durante el día, luego, mediante un juego de azar deciden quién de los migrantes será el colaborador en el aseo de la casa.

‘’Una de las cosas más difíciles es adaptarse a la convivencia, saber que hay que tener amplios criterios para relacionarte con ellos sin emitir juicios’’, dice Claudia.

Dentro de la capacitación que se imparte a los voluntarios a su llegada a la casa, se les habla de la cultura que existe en los países de los que salen huyendo los migrantes, el carácter que hay que tener y los valores a compartir.

Foto: Roberto Armocida / VANGUARDIA

‘’Una de las cosas que no me gustan es sacar a una persona de este lugar, en general puede ser por mala conducta y la probabilidad de que suceda es poca. Uno de los principios que les mencionamos a su llegada es el de respetarnos a nosotros y a sus compañeros, pero en alguna ocasión ha pasado lo contrario, a veces hay que poner límite a la situación antes que te rebase’’, comenta Claudia al salir de la cocina de picar los ajos para la comida.

GOLPE EMOCIONAL
La tabasqueña dice que en lo emocional ella ya venía preparada. “A mi madre no le agrada la idea (de ser voluntaria), dice que corro mucho peligro aquí”, expresa. 

Foto: Roberto Armocida / VANGUARDIA

La joven participó como voluntaria intermitente entre 2012 y 2014 cerca de Villahermosa, en “La 72: Casa Hogar Refugio para Migrantes”, ubicada en Tenosique, Tabasco, que fue nombrada así en memoria de la masacre a 72 migrantes en San Fernando, Tamaulipas en el 2010.

“El refugio en Tenosique es más peligroso para nosotros por la cuestión de los ‘coyotes’ o los ‘guías’, este lugar es una de las primeras paradas después de que los migrantes pisan México. Al exterior de ‘La 72’, en muchas ocasiones la delincuencia organizada ha hecho cuentas de la cantidad de migrantes que emprenden el camino sobre los trenes al salir de ‘la 72’ y posteriormente empiezan los asaltos y las violaciones a sus derechos”.

Una de las metas de Claudia es estudiar derecho en la UNAM, pero antes de eso le gustaría llegar a los campamentos en Sonora y el Desierto de Arizona con ‘NO MÁS MUERTES’, otro grupo de ayuda  que tiene operando desde el 2004 en y se encarga de colocar agua en lugares específicos del desierto a 55 grados de temperatura; operan en un comedor a las afueras de Sonora pese de las represiones de las autoridades gringas.

Y no todo es armonía
En una ocasión, uno de los migrantes tuvo que ser retirado de la casa porque molestaba a algunos compañeros y voluntarias anteriores.
Ya fuera, el migrante siguió su viaje a Estados Unidos, pero cayó del tren al quedarse dormido y perdió una pierna.
Regresó a la casa herido y al recibirlo la voluntaria a la que causó más molestia, se dio un episodio muy amargo y de culpabilidad para la joven, que tuvo que ser atendida psicológicamente.

Fotos: Roberto Armocida / VANGUARDIA

¿QUIÉN LOS ESCUCHA?

Fuera de las tareas que organizan los voluntarios de la Casa, hay espacio para la convivencia, el juego, la música y las historias; el momento perfecto para platicar, fumar un cigarro y cantar. Los voluntarios escuchan música variada, pero los migrantes prefieren el reggaetón y a Polache, una especie de “Chente” Fernández para los hondureños.

A la una de la tarde se lleva a cabo la “Rueda de la Comida”; esta es otra de las pláticas donde voluntarios y directores aprovechan para hacer una serie de reflexiones respecto a los pasos de los migrantes en su vía hacia el sueño americano.

En esta interviene el padre Pedro Pantoja, quien momentos antes ayudaba a Claudia picando el repollo para la ensalada que acompañaría a un caldo de verduras y pollo guisado que alimentó a poco más de 70 migrantes.

 

Convivencia. En la casa se aprende a respetar el espacio de todos y a defender el propio. / ROBERTO ARMOCIDA

“Una de las cosas que hay después de aquí, es salir preparados en derechos humanos. Cada hijo de un migrante, debe ser un gran defensor’’, menciona el padre antes de terminar su participación con un rezo que por fin roba la atención de todos; rezan con él, agradecen y al final, entusiasmados brindan un fuerte aplauso a ellos mismos y a los integrantes de La Casa del Migrante.

 

Y EL TRABAJO SIGUE
Posterior a esto, Carolina Rodríguez siguió con la actividad dentro de esta “Rueda”; asignar de nuevo quién llevará los próximos roles de limpieza mediante un juego de dados en una aplicación del celular y así comienza a pasar a todos en orden al comedor después de una larga fila donde Ana Flores, otra de las voluntarias les ofrece gel antibacterial para las manos.

Ana Flores de 20 años, es una estudiante de mercadotecnia de la UAdeC campus Torreón, cuenta que no ha sido fácil adaptarse a la rutina de un voluntario sobre todo en la cuestión emocional, pero que el aprendizaje es constante y se logra crecer como humano en poco tiempo, también mostró un video de las lluvias pasadas en la ciudad donde se veía a voluntarios junto a migrantes bajo la lluvia, recolectando toda el agua que pudieran para economizar y reutilizarla para otras actividades y necesidades como el baño y la lavandería; comentaba esto pidiendo al final de la comida los comensales pusieran los restos en una bolsa para con ellos alimentar a la centena de perros que también habitan dentro del lugar y quienes tienen relación directa con los ‘chicos’.

Algunos de los voluntarios llegan hasta el refugio por recomendaciones de amigos y en diversos casos de familias, hermanos que estuvieron en las primeras generaciones desde que se fundó el lugar.

 

Foto: Vanguardia/Roberto Armocida

SER VOLUNTARIO, GRAN APRENDIZAJE
Algunos de los voluntarios llegan al refugio por recomendaciones de amigos y en diversos casos de familias, hermanos que estuvieron en las primeras generaciones desde que se fundó el lugar.

Para los voluntarios de la Casa, entrar ahí es una experiencia que ha dejado un fuerte aprendizaje para el resto de sus vidas, ha hecho que algunos de ellos volteen sus ojos y sus prioridades ideológicas a la defensa de los derechos humanos, se crean agentes de activismo político con una visión crítica y fundamentada hacia la economía de los diversos países de donde vienen los migrantes.

Es el caso de Andrea Covarrubias con 21 años, de León, Guanajuato, quien comenta que su aprendizaje durante su estancia es lo mejor que le pudo haber pasado: “Ser voluntaria en la Casa del Migrante fue una experiencia que me dejó la boca llena de lucha y el alma inflada de esperanza. Escuchar las historias y tocar el dolor de las personas migrantes en su tránsito por México es doloroso, porque vivimos en un país donde no se respeta lo ajeno, ni lo propio, donde los número rojos aumentan y nos volvemos indiferentes. Sin embargo, estar en La Casa del Migrante me abrió los ojos hacia un panorama donde con los puños en alto se pelea por la vida digna’’.

UNA LABOR EN CONJUNTO
La madre dice que con los voluntarios la convivencia ha sido amena, aunque la situación pudiera prestarse para malos ratos: ‘’Estamos organizados y los voluntarios tienen una gran capacidad social y humana, lo hacen desinteresadamente’’.

También está el caso de Ricardo Peña, otro ex voluntario, de Guadalajara, quien comenta que antes de llegar a la experiencia, quería estudiar Música y ahora se encuentra cursando en los salones de la Universidad de Guadalajara la carrera de Comunicación Política: ‘’La experiencia ha dejado una gran marca en mi vida, desde el nivel más profundo emocionalmente hasta en el ámbito profesional en la decisiones de mi proyecto de vida. El compartir con las personas en tránsito ha forjado lo que soy y hacia donde quiero ir’’.

Foto: Vanguardia/Roberto Armocida

A VECES HABITA LA MUERTE
> La madre Lupita, quien recibió recientemente la Presea Saltillo, comenta que el año pasado fue duro para ellos, luego de que tres migrantes murieron en el lugar.
‘’Fue difícil porque se ven fuertes y sanos; Ozmín murió repentinamente en la caseta al servicio de la casa, era una persona fuerte y sana a la que le teníamos confianza porque ya había pasado varias veces por este lugar y seguía frecuentándonos, pero también fue un honor que decidiera compartir con nosotros sus últimos momentos’’.

CON VOLUNTAD
> Este agosto llegaron los nuevos voluntarios que han sido seleccionados después de una serie de procesos que se piden mediante una convocatoria lanzada entre octubre y diciembre por su portal de Facebook.
> Los aspirantes han seguido los requisitos para incluirse a las actividades del lugar. Han llegado desde el 2002, entre 5 y 8 personas por año que provienen de distintos lugares del país, así como del extranjero; Alemania, Argentina, España, Francia, Bélgica, entre otros.

DE FIESTA
> La Casa del Migrante de Saltillo entra en su 14 aniversario, que se celebra en septiembre a partir de la “Fecha del Migrante” y termina en diciembre con la “Posada Frontera con Justicia”.

Foto: Vanguardia/Roberto Armocida