"A lo que yo voy es a lo siguiente", si alguien pronuncia frase semejante es mejor ni hacerle caso. Quiere decir que no va a ningún lado y se empeña en explicar lo que no sabe. Algo similar sucede cuando durante una charla alguien cita, por ejemplo, una revista científica y se remite a los "hechos" para darse autoridad. Es risible, aunque comprensible: "Está demostrado científicamente que...", apenas cualquiera comienza así su argumento lo más sabio es hacerse el distraído, pues de lo contrario la conversación se echará a perder. En todo caso, a mí no me interesa que un hecho social esté demostrado científicamente, sino que quien espete tal argumento lo exponga, exhiba, muestre, bosqueje, contemple, conozca, no que lo demuestre (cosa imposible salvo en los casos obvios). Y es que hay frases que llevan en sí las señales de la ausencia de prudencia filosófica. El que sabe no requiere de frivolidades de peluquería (W.V. Quine aludía a las sentencias de observación ligadas a nuestras aptitudes sensoriales y a la información almacenada como una forma de fundamentar nuestro conocimiento). 

El jueves hacia la tarde cuando volvía del aeropuerto luego de dejar a una amiga que, de imprevisto, tuvo que emprender un largo viaje vi de reojo los carteles que flanquean el Viaducto Miguel Alemán (espero no haya cambiado su nombre y, como la capital, haya sido encuerado y dejado en siglas: el V.M.A); me di cuenta de que había un buen número de carteles o espectaculares firmados por una señora de apellido Zavala, los cuales de inmediato despertaron mi desconfianza, pues además de ostentar frases sin raíz, origen y contenido, me recordaron a las personas que se han aprovechado de la desgracia educativa y de la bondad de la comunidad que habita y sufre en un país hueco de justicia. Asocié aquel nombre con el de la esposa de un ex presidente que comenzó una guerra absurda, costosa y que entregó la federación en manos de bandidos. Pero seguramente estoy equivocado porque nadie así de cercano a él podría ser tan cínico como para intentar "cambiar" los rumbos de este pobre país y nadie gastaría tanto dinero en vacua publicidad sin que los desheredados y pobres diablos como yo comencemos a sospechar y a rabiar por ello.

A mí ya no me gusta viajar y prefiero llevar al aeropuerto a quien lo hace, y mirar a los aviones surcar el aire y volar tan cerca de la tierra. Recién acabo de publicar "El billar de los suizos", en editorial Cal y Arena, obra en la que narro mis crónicas de viajes pasados. No me avergüenza hacerme publicidad aquí porque no gasto en carteles, e incluso me he rehusado a hacer una presentación o provocar mayor publicidad (un par de entrevistas y ya está). Además, soporto cada vez menos las reuniones de personas donde resulto ser el centro de atención. La publicación de este libro me ha llevado a recordar algo que no conté en sus páginas y que me ha tenido un poco nervioso los últimos días. Estaría yo próximo a los treinta años y había ahorrado dinero para viajar a España y de allí echar a andar sin dirección premeditada (me estaba educando). Mi padre había caído en desgracia y sus fuentes de ingresos se habían secado, además de que su espíritu enmudecía y requería beber un poco más de la cuenta. Fue entonces que debí tomar una dura decisión: o le daba el dinero que había ahorrado para que durante algunos meses tuviera una vida más noble, o sólo le daba una pequeña parte y me largaba a Europa, aunque tuviera que dormir en la calle. Hice lo segundo; viajé a costillas de su salud y hasta hace apenas unos días sopesé la magnitud de mi decisión. Sin embargo, de no haberme marchado en aquella ocasión quién sabe si alguna vez habría podido reunir el entusiasmo o el mínimo dinero suficiente para encaminar mis pasos lejos de mi tierra nativa. Ni modo, querido padre, tuviste un hijo desalmado y poco agradecido. 

¿Qué deberé hacer cuando comience la edad incómoda? Es decir, aquella en la que uno no sólo se siente innecesario, sino que en realidad lo es. Hace unos días charlaba con el admirable artista Guillermo Gómez Peña y en algún momento nos dio por hablar de la soledad. A fin de cuentas la soledad no es quedarse solo, sino sentirse solo, y ello tiene que ver con la edad y el ritmo de las emociones vividas en el pasado; relaciono la soledad también con la ausencia de sorpresa, el hartazgo y la muerte y exilio de la familia y de los amigos cercanos. ¿Qué me falta hacer para sentir que un vida larga tuvo sentido? En vista de que la pregunta es idiota la responderé del siguiente modo: me falta enamorarme de una mesera y luego olvidar su nombre. Por otra parte me da vergüenza —o el pudor me embarga— vivir en un país de tantos jóvenes. No poder haber hecho nada por ellos y heredarles un país destruido y un futuro cercenado; ello pesa pues el individuo no lo es si carece de lazos con los extraños y es incapaz de extender hacia ellos un poco de simpatía, como sostenía Hume. Alguna vez pensé que la única felicidad posible para un hombre eran los alcaloides, mas ya no tengo energía para sostener nada. Y olvido algo más acerca de lo que sucede en la edad inconveniente: las mujeres creen que por ser viejo o entrado en años vas a ir tras sus huesos, cuando no es así en lo que a mí concierne: señoras, no me acusen sólo por existir ni a causa de mi simple presencia.