Foto: Especial
El 19 de enero de 1986, hace 36 años, la fotógrafa Francesca Woodman se suicidó saltando de una ventana. Su trabajo adquirió una fama póstuma, sobre la que aún se debate.

¿Se puede hablar del arte de Francesca Woodman sin mencionar su vida y muerte? Al igual que con Van Gogh, cuya popularidad y atención a su arte llegó hasta mucho tiempo después de su muerte, la fotógrafa americana tampoco pudo ver el éxito de su obra, pues su suicidio resultó en el detonante de su fama.

Hija de George y Betty Woodman (pintor y la escultora respectivamente), la artista se desarrolló entre los Estados Unidos e Italia, específicamente en Florencia, donde sus padres tenían una finca. 

Desde los 14 años la fotografía atrajo su atención y sus temas rápidamente se asentaron. Para los 16 años ya se encontraba retratando el cuerpo humano, mostrándolo difuso. Esa sería su marca personal.

La técnica, lograda al prolongar el tiempo de exposición de la foto, provocaba que los cuerpos se volvieran transparentes, vaporosos. 

Uno se queda entonces con la imágen clara de una escena particular y un fantasma merodeando por ahí.

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Otros elementos distintivos de su obra  son: el ocultar los rostros de las protagonistas de sus fotografías, ya fueran modelos o ella misma, el uso de sabanas, telas o plásticos, que en muchas ocasiones fue comparado con “Los Amantes” de René Magritte y, por supuesto, la desnudez de sus objetivos. 

A esto se suma la importancia que le daba a la creación de los ambientes que fungían como escenarios para sus tomas, pues en una aparente carencia de elementos lograba una limpieza, que no revela sus detalles hasta que se analiza con detenimento. 

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Estos mismos factores dan como resultado unas imágenes que conjugadas con la historia trágica de la artista, dan pie a interpretaciones que no son siempre atinadas.

Frente a estas piezas, muchos aseguran tener una premonición. Aseguran que está clarísima la relación entre las figuras evanescentes y el posterior suicidio de Woodman. La obra, apreciada por el último acto de la fotógrafa, cambia entonces de significado.

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Francesca intentó suicidarse en 1980, se recuperó y recibió atención psiquiátrica. 

Luego, fue a vivir con sus padres en Manhattan y estuvo bajo su supervisión durante un año, después del cual ella decidió recuperar su independencia rentando un apartamente en el lado este de la isla.

Sin embargo, su depresión persistió y dejó de tomar sus medicaciones hasta que tuvo “un día muy malo” (como lo expresan sus padres en el documental de 2010 “The Woodmans”). 

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Aquel 19 de enero su bicicleta fue robada, su aplicación para un programa artístico fue rechazada y su relación amorosa iba en caída libre. Esto, la empujó desde la ventana de su departamento en el lado este de Nueva York.

A pesar de esta fama que le han creado, Francesca no producía arte inspirada en su depresión o problemas mentales. El ejemplo más conocido y claro es el de su fotografía donde ella se encuentra sentada, desnuda, junto a una marca dejada por la harina que cayó sobre su cuerpo.

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Sobre el proceso de creación existe un video y ella se muestra feliz de su creación, expresando lo bonito que se veía la silueta, como una niña emocionada por lograr una ocurrencia. 

Ahí se muestra que las intenciones de la artista no estuvieron siempre relacionadas con el oscuro contexto que hoy se les otorga. 

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El arte siempre está sujeto a interpretación, pero para lograr un completo entendimiento se requiere de estudio. Después de todo, en palabras de su madre, en una entrevista para The Guardian: “¿Qué hubiera hecho ella si hubiera superado su crisis?”