De acuerdo con la firma Integralia, que dirige el ex consejero presidente del IFE, Luis Carlos Ugalde, las elecciones en México se han convertido en ejercicios más caros que antaño y Coahuila no es la excepción en este sentido, pues los comicios de este año serán alrededor de 54 por ciento más onerosos que los de hace 12 años.

La pregunta surge sola: ¿eso es bueno o malo?

La respuesta no es tan simple como la pregunta: pues eso siempre “depende” de los parámetros que utilicemos para medir el costo de los procesos electorales y, sobre todo, de los controles que tengamos interés de introducir en los comicios.

Así pues, la cifra aritmética por sí sola no es suficiente para determinar si las elecciones son más caras de lo que cuestan, o si pueden justificarse a partir de la utilidad que representan para la conformación de una representación social deseable.

De allí se desprende que la medición compleja pasa, necesariamente, por medir qué tan útil resulta para la colectividad el establecimiento de un mecanismo mediante el cual se permita que los ciudadanos puedan elegir a sus representantes y que, a través de éstos, se tomen decisiones que afectan a todos los miembros de la comunidad.

Cuando se toma en cuenta esta variable, el ejercicio ya no es tan simple y demanda, de cualquier analista, algo más que prejuicios para analizar la realidad cotidiana.

Por ello, la medición de la calidad de una democracia no es un asunto trivial y no puede simplemente constreñirse a una fórmula cuantitativa que otorgue valores numéricos a los comportamientos humanos y, a partir de esos parámetros, juzgue la realidad.

La democracia es un asunto mucho más complejo que una fórmula y tiene que ver con elementos cualitativos como la percepción que los ciudadanos tienen respecto del trabajo que sus gobernantes realizan cotidianamente para cumplir con sus responsabilidades.

Mediciones como las realizadas por Integralia no carecen de valor, pero no pueden ser el único elemento que utilicemos para medir la realidad política de nuestros días.

Además de este elemento cualitativo, resulta imprescindible tener claro que la compleja democracia de nuestros días implica necesariamente tener en cuenta que nuestro entorno es mucho más complejo que el de hace algunos años.

Por ello, el costo de las elecciones modernas no puede medirse solamente en términos del presupuesto que se invierte en ellas, sino también en términos de la utilidad que representan para los ciudadanos.

Y es que los costos no se miden sólo en cuestión de dinero, sino también en términos de elementos intangibles que, eventualmente, valen más que el dinero.