En la cantina un borracho viejo insultó feamente a un parroquiano. El agraviado le propinó un sopapo que lo dejó en el suelo. Se levantó el beodo y amenazó a su rival: “Voy a traer a mi hijo, a ver si en su presencia me vuelves a pegar”. En efecto, salió y volvió poco después con su muchacho. Le dijo éste al golpeador: “A ver: vuelva usted a pegarle a mi papá”. El otro no se hizo del rogar: se puso en pie y le asestó otra guantada al temulento. “Se cree muy macho, ¿verdad? –retó el joven al hombre–. A ver: péguele otra vez”. De nueva cuenta el otro tendió al viejo con un fuerte mamporro. Sugirió entonces el hijo: “Mejor vámonos, padre, porque si no este cabrón hasta a mí me va a madrear”… El galán llevó a la chica al romántico paraje llamado El Ensalivadero, y en el asiento trasero de su coche la llenó de besos y caricias. Le dijo: “Son cucharaditas de amor”. “Me gustaron –respondió ella respirando con agitación–. Pero creo que ya es tiempo de que uses la pala”… Los antiguos griegos, aquéllos del tiempo de Pericles, a más de sabios eran muy astutos. No confiaban en los dioses, pues conocían sus veleidades y caprichos. Así, cuando a un argivo le preguntaba alguien: “¿Cómo te ha ido?”, el interrogado contestaba al tiempo que ponía cara de aflicción: “Mal; muy mal”, aunque le hubiera ido estupendamente bien. Temía que si los dioses se enteraban de su buena fortuna se pondrían celosos y harían caer sobre él toda suerte de desdichas. Yo no siento ese temor: mis dioses son benévolos. Así, no tengo empacho en proclamar que con frecuencia voy del brazo de esa amable señora que se llama doña Felicidad. Ayer, por ejemplo, mis cuatro hijos y mis 13 nietos me festejaron con motivo del Día del Padre. Dimos buena cuenta de una insigne fritada de cabrito preparada con amorosísima sapiencia por mi esposa amada. Gozamos ese manjar cardenalicio los que aún somos carnívoros, pues entre mis numerosos descendientes los hay ya vegetarianos, y aún veganos. Ninguno de ellos faltó a la ocasión, salvo los que estudian en el extranjero. La nutrida comparecencia me movió a hacer una reflexión. En esto del Día del Padre y Día de la Madre debería haber también equidad de género. Sucede que el día destinado a los papás es siempre un domingo, en tanto que el de las madres, el 10 de mayo, cae casi siempre entre semana –en miércoles, cayó este año; en jueves caerá el próximo–, con todos los inconvenientes que eso trae consigo: los celebrantes trabajan ese día, o están en la escuela; la festejada tiene también que trabajar, o la ocupan las cotidianas faenas de la casa. Pregunto: ¿por qué no hacemos lo que en otros países, festejar a la madre en día domingo? Ciertamente el 10 de mayo es vieja tradición pero ¿no es tiempo ya de inaugurar una tradición nueva más favorable a las madres? El 2018 será año de cambios. Éste que propongo seguramente sería para bien, y pienso que las madres lo agradecerían. Dejo sobre el tapete esa propuesta… Un marino canadiense de visita en México sufrió un ataque súbito de apendicitis, y fue llevado al hospital a fin de que se le practicara la intervención quirúrgica correspondiente. Una enfermera de madura edad procedió a afeitarle las partes próximas al sitio de la operación. Le comentó después a una compañera joven y guapa: “El marinero tiene tatuada en su atributo de varón la palabra ‘Swan’, o sea ‘Cisne’”. “Qué extraño –respondió la muchacha–. Me gustará ver eso por mí misma”. Fue a la habitación del paciente, y regresó media hora después. “Es cierto lo que usted me dijo –le comunicó a la enfermera mayor–. El hombre tiene un tatuaje ahí. Pero la palabra es ‘Saskatchewan’”… FIN.