Alan Vizcarra, agredido / Foto: Archivo
Joven fue torturado por elementos de Fuerza Coahuila —afirma— y acusado injustamente de tráfico de drogas, ahora exige justicia

TORREÓN, COAH.- Alan Vizcarra, de 25 años, fue detenido cerca de seis horas por elementos de Fuerza Coahuila, la corporación élite del Estado. Durante ese tiempo fue torturado para confesar un delito que no cometió, afirma el protagonista de la historia.

“Me golpearon, amenazaron, intimidaron... me encerraron sin razón”, relata. Días después de lo que él llama secuestro, con un collarín, el hombro derecho dislocado y lesiones en la cabeza que ameritarán internarlo para desinflamar la hemorragia, Alan narra esas horas de miedo y temor. Al final del relato le queda una duda: ¿por qué él?

Alan conducía su camioneta por el oriente de la ciudad de Torreón. Pasaban las 09:00 de la noche y ya había terminado su jornada. Se dedica a instalar cocheras eléctricas. Hablaba con su esposa por teléfono cuando una patrulla prendió las torretas y le habló por el altavoz: “Oríllese”. Alan obedeció, se quitó el cinto de seguridad y abrió la puerta. Cuando se paró sobre el asfalto, levantó la mano. No alcanzaba a distinguir qué corporación policiaca era, porque la luz de la torreta se lo impedía.

Lo esposaron con las manos hacia atrás y sin preguntarle nada lo subieron a la patrulla.

-¿Por qué no te detuviste? –le preguntó un policía. Contó tres oficiales, todos encapuchados. 

-No creo. Ustedes me acaban de prender la torreta. Si ustedes me hubieran hecho una señal yo me hubiera detenido en ese momento –respondió Alan.

-¿Te quieres pelar? –le gritaron.

Dos policías comenzaron a revisar su camioneta. Sacaron botellas vacías de cerveza.

-Vienes bien recio, vienes invadiendo carriles y has de venir hasta la madre, bien pedo –le señalaron.

Alan escuchó que lo reportaron de una base y pidió que lo soltaran, que no había hecho nada. Su vehículo no tenía una placa porque horas antes lo habían infraccionado. Quería mostrarles la tarjeta de circulación pero los policías no lo permitían.

Elemento de Fuerza Coahuila/ Foto: Archivo

Lo empezaron a golpear. No lo dejaban hablar. Uno de los policías le agarró los genitales y le apretó los testículos para saber si tenía droga, recuerda.

¿Para quién trabajas? –lo cuestionaron. -Traes dos celulares, no son horas de andar trabajando. No le cuentas chistes a Pepito –le gritó enojado un policía.

-No he hecho nada malo. Soy independiente, trabajo por mi cuenta –respondía Alan con la cabeza hacia abajo. Todavía no distinguía que se trataba de Fuerza Coahuila.

-Te voy a matar, te voy a embolsar si no me dices con quién trabajas –le intimidaba un policía.

Un policía le pidió las llaves de su camioneta pero no las traía. Se le habían caído cuando descendió del vehículo. 
-¿Dónde están las llaves hijo de tu p... madre?, dime, si no te voy a embolsar.

-No he hecho nada malo. 

-¡No andes de maricón, no andes de niña. Te voy a embolsar si no me dices dónde están las llaves y la droga!
Los policías sacaron toda la herramienta y no encontraron nada. Uno de los uniformados halló las llaves y se subió. A él lo tenían empinado en el asiento trasero de la patrulla. Ya le habían dislocado el hombro.

Encendieron el vehículo y se dirigieron al cuartel, donde lo encerraron. 

Fueron cerca de tres horas que la patrulla dio vueltas. Hasta que llegaron al búnker de Fuerza Coahuila en Ciudad Nazas. Lo metieron con una camisa cubriéndole el rostro. Las esposas apretadas, con las manos atrás. Le subían los brazos para lastimarlo. 

El terror viaja en patrulla

> Según el análisis de la Cruz Roja, Alan Vizcarra tiene dislocado el hombro, policontundido, un hematoma occipital izquierdo, hemorragia con hiperdensidad y sinusitis maxilar con predominio derecho.

> Le sale sangre de los oídos. Su lesión en el cerebro por tanto golpe, es grave y tendrá que ser internado para desinflamarle el golpe.

Narra pesadilla que vivió al ser detenido por Fuerza Coahuila

Estaba obscuro y lo empujaron. “No sabía ni qué pensar”, recuerda Alan Vizcarra. Prendieron las luces y observó tres celdas. Lo obligaron a que se hincara, le quitaron las esposas y las usaron para cerrar la celda. “No voltees, vete a la orilla”, le ordenaron.

Volvió uno de los oficiales, del que ya reconocía por la voz, el mismo que lo había amenazado con embolsarlo. Le empezó a tomar fotografías. “Pin… niña, pin… mugroso”, le dijo el oficial encapuchado. Le ordenaron quitarse las agujetas, las pulseras, el cinturón. Le tomaban fotografías con un celular, de pie, de frente, de perfil.

“Yo gritaba: ¡mi llamada! ¡Mi esposa no sabe que estoy aquí, por favor!”, cuenta Alan y cierra los ojos, frunce el ceño, llora de coraje. “Ya cállate, como chin… hijo de tu re… madre”, le gritó un oficial. “Présteme el teléfono solo para avisar que estoy bien”, rogó. No le hicieron caso.

Después de casi una hora y media en el cuartel de Fuerza Coahuila en la colonia Ciudad Nazas, llegó uno de los oficiales, todavía encapuchados y le hizo que firmara unos papeles.

“¿Me los deja leer?”, preguntó. “Si no los firmas te va a ir mal”, le respondieron. “Que los firmes hijo de tu p… madre”, lo amenazaron. Los firmó con una rúbrica diferente. Nunca supo qué era.

Volvieron a tomarle fotos con un cartelón y la cabeza hacia abajo.

Entonces lo volvieron a meter a la patrulla y lo llevaron hasta las instalaciones de la Procuraduría de Justicia de Coahuila. Lo llevaron con los peritos del Ministerio Público. Le hicieron una prueba de alcohol. En ningún momento le dieron oportunidad de mirar el número de patrulla. Siempre con la cabeza al suelo y cubierta por una playera.

LA REVISIÓN OFICIAL, AL FIN

En la Procuraduría le pidieron se quitara la ropa para ver si tenía lesiones. La prueba de alcohol salió negativa y lo regresaron a la patrulla.

“Se venía descuidando y me fijé que regresamos al búnker de Fuerza Coahuila y vi que estaban subiendo mi camioneta a una grúa y que varios de ellos todavía la estaban esculcando.

Tenía escondidos 3 mil pesos de un anticipo de trabajo, traía herramienta con la que trabajo, pulidor, rotomartillo, máquina de soldar, dos botes de tornillos, pijas, escalera, un equipo de electrónica, estéreo, sonido, extensiones. Varias 
piezas para arreglar las cocheras, engrane, flecha”, narra Alan desde la Cruz Roja.

Miró que sacaban sus cosas. Nunca le entregaron un reporte ni firmó ninguna autorización para la grúa. 

Y AL FIN LA PREGUNTA

Después lo llevaron a los separos municipales. Le tomaron los datos y le preguntaron por qué estaba detenido.

“Según ellos venía tomando pero no era cierto”, les dijo. La funcionaria que le tomaba los datos se quedó callada.

Eran las 03:30 horas. Habían pasado seis horas.

Pidió que le dejaran hablar a su esposa. Le volvieron a tomar foto, datos y lo pasaron a una celda cochambrosa.

Volvió a quitarse agujetas, cinto, cadenas, pulsera. Un celador le ayudó a cargar su celular. Luego de 15 minutos y con dos por ciento de carga, habló a su esposa. “Me recogieron los de Fuerza Coahuila”, le dijo. Su esposa pensó que era broma, hasta que escuchó el llanto de Alan.

Fuerza Coahuila, en el reporte, lo detuvo por “resistencia a la autoridad”.

En la cárcel municipal le pidieron 4 mil pesos de fianza. “Yo quería que mi familia me dejara. Me cuesta mucho el dinero como para estarlo regalando”, platica Alan, todavía con coraje en sus palabras.

Su mamá abogó. “Déjeme aquí, yo mañana salgo. Déjeme, nomás me dan unas vueltas”, le pidió a su mamá. La madre se soltó llorando: “cómo crees que te voy a dejar aquí. No hijo, para eso soy tu madre”.

La madre abogó para que lo soltaran por dos mil pesos pero le negaron el recibo del pago. También le negaron el número de la unidad de la patrulla, la cual debería estar en el registro de detención.

Afectado. Encima de las lesiones graves que asegura le causaron oficiales de Fuerza Coahuila, ahora Alan no tiene su camioneta ni su herramienta para trabajar.

CAMIONETA RETENIDA

Ahora le piden una hoja de liberación para entregarle la camioneta. Ha pasado una semana y no se la han regresado. Le pidieron que pagara todos los adeudos que tuviera. “Me han traído dando vueltas”. El costo por el corralón sigue corriendo.