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Manos Mágicas

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  • Quetzali García
  • 04-Julio-2009
  • Niños y adultos invidentes encuentran en el arte una forma de aprehender el mundo


    ¿Cómo explicarle a un invidente de qué color es el cielo? Para ellos las definiciones no caben en palabras ni colores. Cuando se les pregunta ¿qué es el color verde? responden con una carcajada, como burlándose de la ceguera que impide amar o sentir con el alma. Saben que podrían recorrer cada textura de la idea, pero prefieren devolver la pregunta con “el azul es un abrazo”.

    Indiferencia es lo único que no provoca la exposición “Manos Mágicas”, que se inauguró el pasado jueves ante familiares y amigos. Un nudo en la garganta se aferra conforme las figuras que componen esta muestra van apareciendo. Otra pregunta: ¿quiénes son en realidad los que ven? Rostros con arcilla, semillas que siguen los rastros de lo que sienten, manos que exploran distintos tamaños son apenas una pequeña muestra de los trabajos que desde febrero vienen realizando los niños y adultos que estudian en la Escuela para Invidentes “Club de Leones de Saltillo”.

    Con lágrimas que se pierden en el vaivén de su sonrisa, María Teresa Villarreal Fuentes recuerda los últimos meses. Detalla que los objetivos de su proyecto de investigación eran que los alumnos identificaran espacios y reprodujeran a través de ejemplos caras y esculturas, no puede evitar voltear hacia las manos de cera multicolores que gritan adiós y gracias desde las bases que evitan que salten y se queden a vivir en la mente del público.

    Guapo y con una voz privilegiada, después de ofrecer uno de sus primeros conciertos, Javier de Jesús Granado Silva afirma que todo fue “pan comido” y que durante el taller de arte se sintió feliz. A sus 12 años sabe lo que es vivir entre las sombras pero a él no le importa, sabe que lo suyo es cantar. Por eso dedica a su mamá Hilda Silva Rodríguez la canción que emana de su boca a la más leve provocación y los frutos de sus manos. Ella sí lo quiere afirma tajante. La charla continúa y confiesa “no quiero ser normal, quiero ser grande”. Promete que comprará el periódico y se levanta sin ayuda para seguir jugando con su mejor amigo Roberto.

    La directora María del Refugio Alemán de la Peña abrió las puertas del instituto al proyecto de la maestra. Sabe que las necesidades de sus alumnos van más allá de una clase de Historia o Español... tienen tanto que decir.

    Entonces, invita a los presentes a fundirse un momento con los artesanos, experimentar esa sensación de oscuridad que por alguna razón con la luz que brota de sus ojos y sonrisas apagan y reinventan. Un reto, sin duda. Nervios, comprensión, todo sienten los cuatro afortunados que se sumergen en un mar de soledad. Sólo pueden tocar, escuchar y tratar de adivinar las figuras que hay frente a ellos. Lo logran tras varios intentos, no son como Javier de Jesús, para él fue pan comido.

    Esta galería recrea su mundo, donde no existen colores pero abundan sentimientos. Es un llamado de atención a la sociedad para que cierre los ojos y comience a ver.

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