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Para los cinéfilos, el cine alemán es un referente ineludible gracias a una narrativa descarnada y un lenguaje propositivo.
México, DF.- Películas que conmocionaron al mundo, narrativas de gramática revolucionaria, cineastas que apuntaron el lente hacia otras fronteras, discursos que develaron pasajes oscuros del alma y divas que sacudieron las buenas costumbres son parte del legado del arte de imágenes germano.
A mediados de los años 20, el cine alemán era número uno en capacidad tecnológica. Se había apropiado del movimiento artístico del expresionismo para exteriorizar las filias y fobias de la naturaleza humana como ningún otro cine lo había manifestado.
En su momento, se catalogó como la principal aportación europea al desarrollo del lenguaje en fotogramas. Tras un periodo de decadencia se renovaría en sus propias cenizas a finales de los años 30.
Expresionismo alemán
Mundos anormales, apuntes de locura, personajes siniestros y un universo de oscuridades. El expresionismo distorsionaba los espacios, la forma o el color captando el entorno desde perspectivas atípicas. En el cine se anunció en filmes como “El Estudiante de Praga” (Stellan Rye, 1913) y “El Golem” (1914) pero se considera a “El Gabinete del Doctor Caligari” (Robert Wiene, 1919) como punto de partida. El guión se inspiró en una serie de crímenes ocurridos en Hamburgo pero es su apariencia plástica el mérito principal.
Calles imposibles, fachadas oblicuas y un sonámbulo asesino que avanza retorcido entre las sombras contenían una carga dramática y un impacto visual que revolucionaron la estética del cine. El uso del maquillaje para acentuar las características emocionales de los personajes sería otro aporte destacable.
Entre los filmes emblemáticos “Nosferatu, una Sinfonía del Horror” (Friedrich Wilhelm Murnau, 1922) con un empleo más sutil de los decorados que incluyen esta vez escenarios naturales. El argumento —versión libre del Drácula de Stoker— fusionaba la realidad con lo fantástico.
La historia de un vampiro, un muerto en vida sediento de sangre, un ser de las sombras que sucumbe al exponerse a un rayo de sol. Los horrores representados en la pantalla eran reflejo del ánimo por el que atravesaba la nación germana en esa época posterior a la Primera Guerra Mundial.
“Metrópolis” (Fritz Lang, 1926) con su fastuoso decorado arquitectónico continua el auge de la escuela expresionista. Lang captura una atmósfera opresiva en la que expiran las aspiraciones individuales por una colectividad que anula. La angustia, el miedo y la desesperanza que abatía al pueblo: la peste que azota y serían los cimientos del género cinematográfico de terror.
El nuevo cine alemán
A mitad de la década de los 30’s, la calidad de las realizaciones decae. El apogeo del nazismo obliga al exilio a artistas como Fritz Lang y paraliza el ímpetu artístico de otros como G. W. Pabst y su enfoque del realismo social. Vendrían una serie de películas cuyo objetivo era exaltar el espíritu nacionalista imperante, glorificar a los soldados y remarcar la tendencia racial.
Sería hasta principios de los 70’s cuando 26 cineastas, simpatizantes con la Nueva Ola Francesa y el concepto del cine de autor, firmaron un manifiesto que significó el nacimiento del Nuevo Cine Alemán.
El Manifiesto de Oberhausen, firmado el 28 de febrero de 1962 por Heinz Furchner, Rob Houwer, Ferdinand Khittl, Alexander Kluge entre otros, apostaba por revivir un arte que parecía muerto.
Los aportes incluían la transformación de métodos de producción, distribución y principalmente, la temática de las películas. Se interesaban por retratar el impacto de la guerra, los problemas de la juventud, el papel de la mujer, la incomunicación y la soledad de los individuos.
Los filmes obtuvieron el reconocimiento internacional gracias a la propuesta narrativa que partió de cero como dijo Werner Herzog: “teníamos nada y empezamos en la nada. Todos éramos huérfanos. No teníamos padres de los cuales pudiéramos aprender”.