México, D.F..- “Mira, te quiere conocer el siete” le dijo Joe Pepitone, jugador de los Yanquis de Nueva York, a Ramón Arano, antes de presentarle a Mickey Mantle. “Él es quien te va meter la pelota hasta allá en el panteón”, reviró Pepitone. Mantle sólo sonrió apenado al no entender la plática en español, mientras que el lanzador de los Diablos Rojos respondió en el centro del diamante.
“Dos ponches le metí a Mantle y el tercero ya no se pudo porque no quiso seguir jugando. Fue un partido increíble, el estadio estaba a reventar y fue la locura entre los aficionados, mucha gente se quedó afuera. Casi lloro de la emoción”, recuerda el veracruzano ese partido pevio a la temporada de 1968 y que ha sido la única visita a México de los Bombarderos del Bronx.
Ramón Arano tuvo su destino marcado con el México Rojo, como llama al equipo capitalino.
“El primer juego que gané en mi carrera fue contra el México Rojo en relevo, quedamos 9-8 yo estaba con Poza Rica. De ahí paso al Águila y el México Rojo me compró en 1963. Ese año empecé a jugar en el club más importante y sólido, el más ganador y que además lleva el nombre del país”, expresa orgulloso Arano.
Pero el veracruzano no tenía entre sus planes llegar a los Diablos, ya que acariciaba la oportunidad de poder ir a las Grandes Ligas, pero la directiva de Veracruz le frenó ese sueño, mientras hacía el negocio de su vida.
“Yo iba a ir a Estados Unidos, había sido el mejor pitcher con el equipo de Houston en unos entrenamientos, pero el Águila prefirió venderme al México Rojo en 100 mil dólares, era un mundo de dinero, fue algo escándaloso. El contrato más caro en América Latina, yo lo supe muchos años después ya de retirado cuando me lo dijo un directivo del México, porque siempre tuve la idea de que me habían vendido en 12,500 dólares.”
Luego del primer título de la franquicia en 1956, el México cayó en un tobogán y vinieron temporadas malas, por lo que la llegada de Arano vino a levantar la expectación entre los aficionados.
Su presencia en el estadio atraía a personajes como el cantante Javier Solís, quien de ser aficionado de Tigres se convirtió en su admirador y le cantaba la canción Sin sangre en las venas.
Pero un momento que nunca olvidará fue la presencia de un invitado inesperado.
“A mí no me gustaba calentar en el bullpen, lo hacía siempre en lo plano, ahí junto al dugout. De repente veía mucho alboroto en las tribunas y pensé que a lo mejor había una pelea.
“Pero las miradas eran hacia donde yo estaba, entonces pensé que alguno de mis compañeros me estaba jugando una broma y cuando volteo atrás de mí, cuál es mi sorpresa de ver al presidente Adolfo López Mateos que me estaba viendo calentar ¡llegó de sorpresa! Sólo me dijo: ‘tú sigue calentando Ramoncito, hoy vamos a ganar ¿verdad?”
Con la llegada de Ramón Arano, los buenos años para el México no se hicieron esperar.
“El México Rojo comenzó a levantar cabeza. Nos criticaban porque era un equipo que tenía muchos novatos, pero se convirtió en un club fabuloso, sensacional, el mejor de la historia y que orgullosamente lleva el nombre del país”, expresa.
En 1964 llegó el segundo título escarlata, pero sin duda, fue cuatro años más tarde, cuando Arano vivió su mejor temporada.
El gran triunfo de los Diablos Rojos 5-3 sobre los Yanquis previo a la temporada en el que Arano lanzó la ruta completa, motivó a la novena escarlata, que se enfiló ese mismo año a su tercer título, en el que el veracruzano también sería parte importante.
“Necesitábamos ganar a Reynosa para coronarnos, yo dos días antes había lanzado en Poza Rica, pero ese día me pidieron abrir por el México Rojo. Fue un duelazo con Alejo Ahumada, cero-cero hasta la octava entrada cuando llegó Paquín Estrada y pegó jonrón para ponernos en ventaja.
“En la novena se me llenó la casa con dos outs. Salió un elevado y yo le grito al catcher, que era Pilo Gaspar, que la buscara. Por las ansias primero la pifió él y luego yo, hicimos una doble carambola y entre los dos nos quedamos con la pelota, ese fue el último out. Cuando me di cuenta ya traía a los aficionados encima. Perdí un zapato, la gorra nunca apareció y el guante menos. Los aficionados me cargaron y me querían sacar del estadio, pero yo no me dejé y llegaron los policías a ayudarme”, recuerda.
Arano, quien también con la franela de los escarlata venció a los Indios de Cleveland con soberbia actuación de 12 ponches, dejó al equipo capitalino en 1975 para ser uno de los principales rivales con los Cafeteros de Córdoba, pero luego vivió una segunda etapa en 1981 y otra vez se coronó.
“En la final contra Broncos de Reynosa estábamos abajo en el sexto juego y habían anunciado que Maximino Léon lanzaría por el México, pero de última hora el mánager Wiston Llenas me preguntó que si estaba listo para lanzar y decidió ponerme a mí, logramos ganar ese partido para después coronarnos en el séptimo juego.”
Ahora Ramón Arano ya viaja poco a la Ciudad de México. De las recientes ocasiones que lo hizo no pudo evitar la melancolía al ir al terreno donde estaba el Parque del Seguro Social.
Recorrió el centro comercial y descubrió que hay una foto suya en uno de los pasillos. Al tratar de tomarse una fotografía, un guardia de seguridad casi lo impide. A regañadientes, el oficial aceptó, cuando la hija del pelotero suplicó: “Denos permiso, el de la foto que está ahí es mi papá.”
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En su regreso a los escarlatas, el serpentinero ayudó para el campeonato de 1981. Foto: Archivo Excélsior
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